—Lo que tú digas.
Tras una pausa, Arturo añadió:
—¿O prefieres que los eche de aquí?
Después de todo, el Grupo Zambrano había invertido capital en ese hospital. Si no recordaba mal, poseía una participación considerable.
Pero Joana negó con la cabeza.
—Olvídalo, mejor no darle más motivos para que siga molestando. No quiero meterme en problemas por su culpa.
Las voces de ambos, llevadas por el aire, llegaron hasta los oídos de Fabián.
Fabián se quedó mudo.
Su cara cambiaba de color, pasando del verde al morado, y su expresión se volvía cada vez más sombría.
Incluso la gente de alrededor empezó a sentir una extraña lástima por él al verlo así. Al fin y al cabo, todo era producto de su propia insistencia. Él era el único protagonista de esa obra de teatro.
Fabián levantó la vista y observó las espaldas de la pareja que se alejaba. De repente, sintió una profunda soledad, una soledad que le nacía desde el fondo del alma. Y es que, incluso de espaldas, se veían tan compenetrados.
Fabián respiró hondo y se dio la vuelta para dirigirse a la recepción del primer piso a hacer unos trámites. Solo entonces recordó cuál era su propósito inicial.
En cuanto a Joana, ya llegaría el día en que le pediría explicaciones. Su relación con Arturo no podía ser más que una farsa. Seguramente lo hacía para darle celos.
Tras darle vueltas, Fabián llegó a esa conclusión.
...
Mientras tanto, Joana le preguntaba a Arturo con voz suave:
—Arturo, ¿cómo es que te dio una gastroenteritis aguda de repente?
Arturo parecía reacio a hablar del tema.
—No es nada, es un problema de siempre. Con unos días de descanso estaré bien.
Arturo se rascó la nariz, avergonzado. No había pensado que Joana se enfadaría tanto. Lo estaba llamando por su nombre completo, señal de que estaba muy, muy enojada.
Arturo levantó la mano para tomar la de Joana, pero ella la apartó de un manotazo y se quedó de pie a un lado, con los brazos cruzados.
Arturo enarcó una ceja.
—Vamos, no lo hice a propósito. La próxima vez te contaré todo lo que me pase, de inmediato. Perdóname, Joana.
Los ojos grises de Arturo brillaban, con una expresión lastimera y húmeda. Con su apariencia ya de por sí deslumbrante, esa expresión era irresistible para cualquiera.
A Joana se le ablandó el corazón de inmediato. Mirando la cara de Arturo, maldijo para sus adentros, pensando que era un verdadero seductor.
—Entonces prométeme que la próxima vez, pase lo que pase, no jugarás con tu salud.
La expresión de Arturo se volvió seria al instante y levantó la mano como si estuviera prestando juramento.
—Te juro que no volverá a pasar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo