—Te lo prometo —dijo Arturo con total convicción—. De ahora en adelante, te contaré todo al momento. No volveré a hacerme el fuerte y pondré mi salud por encima de todo. El trabajo puede esperar.
Al oír esto, la expresión de Joana se suavizó un poco.
Tomó el recipiente de comida que estaba sobre la mesa.
—Come algo. Con que no vuelvas a hacerlo, es suficiente.
Al abrir la caja, vio que era la sopa medicinal que habían comido la primera vez que se encontraron.
Arturo, al percibir el aroma familiar, esbozó una ligera sonrisa.
Levantó la vista y observó a la mujer que tenía delante, soplando con esmero la cuchara para enfriar la sopa. Sintió una ternura inmensa que le inundó el pecho.
Una mujer tan maravillosa, y ese imbécil de Fabián no supo valorarla. Pues si él no la quería, él la trataría como un tesoro.
—¿Qué miras? —preguntó Joana, extrañada.
—Pienso en la suerte que tengo.
—¿Por qué dices eso?
Mientras hablaba, Joana ya le había acercado la cuchara a los labios a Arturo.
El hombre abrió la boca y probó la sopa, suave y reconfortante.
—Porque creo que Fabián es un estúpido. Pero gracias a que no tiene dos dedos de frente, me dio una oportunidad.
Arturo lo dijo sin rodeos, con sus ojos grises fijos en Joana mientras hablaba.

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