Sabía que ya no tenía escapatoria.
Los espectadores observaban a Cristina con genuina lástima. Era evidente que la habían empujado al límite.
Cristina abrió la boca para seguir soltando verdades, pero Violeta se abalanzó sobre ella, dispuesta a taparle la boca con la mano.
En ese instante, el juez dio un fuerte golpe y rugió:
—¡Silencio en la sala!
El estruendo hizo dar un salto de susto a más de uno en la sala.
Especialmente a Violeta y a Cristina, que apenas un segundo antes estaban a punto de llegar a las manos.
El motivo de la furia del juez era más que evidente. Ellas dos estaban convirtiendo el juicio en un circo.
Un silencio sepulcral se apoderó del tribunal. Nadie se atrevía a respirar fuerte mientras observaban al juez, sintiendo que la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Cristina tenía el rostro bañado en lágrimas. Seguía sintiéndose profundamente agraviada. No lograba entender por qué, después de haberse entregado en cuerpo y alma a Violeta, esta la trataba como si fuera basura.
Había llegado al extremo de traicionar a Joana por ella, y a cambio, solo recibía desprecio y abusos.
¿Cómo no iba a tener el corazón destrozado?
Creía ciegamente que iba en camino hacia un futuro brillante, pero en su lugar, se había lanzado de cabeza a un pozo sin fondo.
La voz del juez tronó llena de indignación:
—¡Esto es un tribunal de justicia, estamos en medio de un proceso legal! ¿Qué se han creído que es esto, un patio de preescolar? Interrumpiéndose a gritos... ¿Quieren convertirse en la burla de todo el país?
Ante el regaño, ambas mujeres bajaron la cabeza, avergonzadas.
Sin embargo, ni siquiera eso detuvo a Violeta, quien siguió lanzándole miradas venenosas a Cristina, amenazándola en silencio.
Al notar la insistencia de su jefa, Cristina apretó los puños con fuerza.
Estaba claro que Violeta no iba a dar su brazo a torcer. Así que Cristina también comenzó a trazar su propio plan.
El juez, visiblemente irritado, se dirigió a Humberto:
—Abogado de la defensa, ¿tiene algo que añadir?
Humberto estaba completamente distraído. En su mente, había dado por hecho que el espectáculo que estaban montando esas dos desviaría la atención de él por completo.
Jamás esperó que el juez lo pusiera en evidencia de manera tan repentina.

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