—No olvides que te pagué una pequeña fortuna para estar aquí. ¿Para qué crees que te contraté? —masculló Violeta, con los dientes apretados por la rabia.
Humberto entendió la indirecta a la perfección, pero la impotencia lo sobrepasaba.
—No es que me niegue a ayudarte, es que literalmente es imposible —replicó él, abriendo las manos en un gesto de rendición—. Ya estás viendo el panorama, estamos con el agua hasta el cuello. Todo está en nuestra contra y, honestamente, ya no tengo argumentos para defenderte.
—¡Eres un completo inútil! —estalló Violeta, sin poder contener el insulto.
Era la primera vez en su vida que se topaba con un abogado tan cobarde y patético.
Humberto suspiró pesadamente y agitó la mano con fastidio.
—Si tienes algo que decir, dilo tú misma. Yo me lavo las manos.
—Me las vas a pagar... —siseó Violeta, fulminándolo con una mirada cargada de odio.
Pero Humberto no se inmutó. Sabía que había hecho su trabajo hasta donde era humanamente posible. El problema de fondo era que las pruebas que Violeta le había entregado eran una burla; nunca tuvo la más mínima oportunidad de darle la vuelta al caso.
—Señorita Violeta, ¿tiene algo que declarar? —indagó el juez, clavando su mirada en ella.
En las gradas, los espectadores la observaban con una mezcla de lástima y desdén, asumiendo que solo trataba de patalear antes de ahogarse.
Ya no tenía sentido alargar la agonía; el veredicto estaba más claro que el agua.
Las pruebas que había presentado el Estudio Renacer eran irrefutables.
Los murmullos volvieron a adueñarse de la sala.
—Si me lo preguntan, esta tipa debería ahorrarse el espectáculo. Ya es patético.
—Totalmente. Todo el mundo sabe lo que pasó, no somos estúpidos. Por más que intente justificarse, nadie le va a creer una sola palabra.
—Pobre Estudio Renacer... tener que lidiar con semejante desquiciada.
—¿Se acuerdan del Estudio Aurora Creativa? Antes eran una marca de toda la vida, muy respetada. A lo mejor no eran los más innovadores, pero hacían las cosas bien y con honestidad.

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