Joana empezaba a perder la paciencia.
—Te lo acabo de decir, tengo prisa. ¿Por qué insistes en hacerme perder el tiempo?
Dijo, dispuesta a retomar su camino.
Pero Cristina no estaba dispuesta a rendirse.
Sacando fuerzas de flaqueza, empujó al hombre que tenía enfrente con todas sus ganas.
Corrió a toda velocidad y se plantó de nuevo en el camino de Joana, cortándole el paso.
Su expresión era una mezcla de seriedad y desesperación.
—De verdad tengo algo muy importante que decirte. ¿No puedes darme solo un minuto de tu tiempo para escucharme?
Al verla así, Joana suspiró con resignación.
—Bien, ¿qué es lo que quieres decir?
Cristina miró nerviosa a ambos lados y luego tiró del brazo de Joana, arrastrándola hacia un rincón apartado.
Arturo hizo el amago de seguirlas, pero Joana lo detuvo.
Con una simple mirada, le indicó que no era necesario que fuera.
El estado emocional de Cristina era muy inestable. Si algo la alteraba de nuevo, lo más probable es que se cerrara en banda y no soltara una palabra.
Pensar en eso le daba dolor de cabeza a Joana.
Prefería arrancar el problema de raíz ahora mismo, en lugar de arrastrarlo y tener que lidiar con complicaciones en el futuro.
Arturo comprendió el mensaje de inmediato y se quedó plantado donde estaba.
Mientras tanto, Ernesto observaba la imponente figura del hombre y sintió que le resultaba familiar.
Pero por más que forzaba la memoria, no lograba ubicar de dónde lo conocía, así que su mirada no dejaba de posarse en él de forma disimulada.
Ese escrutinio hizo que Arturo frunciera el ceño.
—¿Se te perdió algo? —preguntó con voz grave.

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