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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 378

Tatiana no apartaba la mirada del niño en sus brazos; en lo profundo de sus ojos se asomaba un claro desprecio.

Tenía que apresurarse a tener un hijo con Fabián. La reacción de Lisandro la había hecho ponerse en alerta. Por más cercanía que fingiera con esa familia, jamás podría superar lo que lograba la madre biológica de los pequeños.

Aquella noche, después de arrullar a Dafne hasta que se quedó dormida, Tatiana fue sigilosamente a la habitación de Fabián.

Desde la puerta lo miró con deseo, como si quisiera devorarlo con los ojos. Aunque Fabián había perdido la memoria, hasta la fecha no había dado un solo paso para acercarse a ella. Antes, Tatiana pensaba en hacerse la difícil para avanzar, pero desde el accidente, él se comportaba más inexpresivo que un tronco.

Con cuidado, levantó una esquina de la sábana y se metió en la cama, aproximándose a Fabián.

Apenas rozó su cuerpo, una mano enorme la sujetó del cuello.

—¿Quién eres? —la voz de Fabián resonó áspera y peligrosa, con una rabia contenida que amenazaba con romperle el cuello si se tardaba un segundo más.

Tatiana forcejeó, golpeando su mano, y con la voz ronca suplicó:

—Fabián, soy yo... suéltame...

Fabián pareció despertar de un trance y la soltó de inmediato, encendiendo la lámpara de noche.

Tatiana, en sus brazos, tenía la cara roja como un tomate por la presión.

—Tati, ¿qué haces aquí? ¿Te lastimé? —preguntó Fabián con remordimiento, preocupado.

Tatiana tenía lágrimas en las esquinas de los ojos, y con voz lastimera respondió:

—Estoy bien, Fabián. Solo... tuve una pesadilla y tenía miedo. Quería estar contigo.

Al oírla, la tensión de Fabián se disipó un poco.

—Tati, solo fue un sueño. No te asustes —dijo, intentando consolarla.

Tatiana se acurrucó aún más en su pecho, pasando la mano por su espalda en círculos suaves, como si intentara hechizarlo.

—Fabián, ¿puedo quedarme contigo esta noche? —susurró, con una intención muy clara.

Pero Fabián no reaccionó.

Justo cuando Tatiana pensaba insistir, el celular en la mesa de noche comenzó a sonar.

—No importa, aunque te hayas confundido, toparte con alguien que se parezca tanto a tu mamá ya es ganancia —replicó Arturo, con ese don para tranquilizar a las personas.

Y así, las ansias de Joana comenzaron a disiparse, como las olas que se retiran poco a poco de la orilla.

Tenía razón. Ella misma había visto a su mamá y a su papá ser cremados y sepultados juntos. Hay mucha gente parecida en el mundo. Tal vez, solo era el anhelo de volver a ver a su madre.

—Gracias, señor Zambrano —dijo Joana, cuando ambos regresaron al carro.

—Esa es la vez número ciento uno que me das las gracias. Señorita Joana, a veces uno se cansa de decir 'de nada', la próxima vez mejor no digas nada —le contestó Arturo, mirándola con una extraña ternura.

Joana se sorprendió. No imaginó que él llevara la cuenta con tanta precisión. Pero, ¿qué quería decir con eso?

Por un momento, no respondió.

Arturo, con los ojos entrecerrados y ocultando su propio pesar, esbozó una sonrisa:

—Lo que intento decir es que entre amigos no hace falta dar las gracias, ¿no crees?

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