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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 445

—¿Ya terminaron con el show?

En la sala, que de pronto quedó en silencio, Fabián al fin habló. Su expresión era tan dura como una piedra, la voz ronca y áspera por la resaca.

Dafne y Lisandro se pusieron tensos al instante.

Le tenían un miedo enorme a su papá.

Tatiana, en cambio, esbozó una sonrisa satisfecha.

Pero, en el momento siguiente, Fabián sacó su celular y les transfirió dinero a los dos niños.

—Ya les mandé el dinero. Coman tranquilos y luego váyanse a sus cuartos.

Los dos chicos se alegraron como si les hubieran dado las llaves de un parque de diversiones.

—¡Gracias, papá!

Y salieron corriendo, brincando de felicidad, rumbo a sus habitaciones.

Tatiana apenas pudo contener un gesto de molestia. Se tragó las ganas de decir algo y, fingiendo preocupación, se acercó:

—Fabián, anoche no regresaste en toda la noche. ¿Dónde estabas?

La mirada de Fabián se ensombreció.

—¿Y tú cómo sabes que no llegué? ¿Acaso andas investigando mis movimientos?

—No... claro que no —se apresuró a negar Tatiana, con el rostro lleno de nerviosismo.

La verdad era que ella había ido a revisar la habitación de Fabián para sorprenderlo, y así se enteró de que no volvió a casa. Incluso había gastado una fortuna en una medicina especial, esperando usarla esa noche.

Pero Andrés tampoco supo darle razón. Por primera vez, Fabián lo había dejado libre y no tenía ni idea de su paradero.

Tatiana no podía quitarse de encima la sensación de que Fabián había ido a buscar a Joana.

—Solo me preocupé porque no estabas. Fui a dejarte agua, toqué la puerta y no había nadie. ¿Por qué piensas eso de mí? ¿De verdad crees que soy así de desconfiada? ¿Ya soy tan poca cosa para ti? —Tatiana lloriqueó, las lágrimas brotando con dramatismo y la voz temblorosa.

Fabián, por un momento, pareció quedarse pensativo.

—Tati, no digas eso. Para mí, siempre has sido la misma.

Tatiana se sonó la nariz, con voz entrecortada:

—Siempre me dices cosas para consolarme...

Mientras Fabián veía a la mujer frente a él, mezclada de lágrimas y maquillaje, por un segundo pensó que sí se parecía a la bruja de los cuentos con la que sus hijos solían bromear.

—No es cierto.

—Fabián, últimamente he estado pensando en cambiar de rumbo —aprovechó Tatiana, tratando de tomar la delantera.

—Cuando la película sea un éxito, tú serás mi ángel inversionista.

Fabián no respondió. Eso provocó que Tatiana se pusiera aún más tensa.

—No hace falta —dijo al fin Fabián, dejando el periódico sobre la mesa y con voz seria—. Si el guion es bueno, los inversionistas de siempre no van a escatimar dinero.

Tatiana levantó la voz, incrédula:

—¿Qué quieres decir, Fabián? ¿No vas a invertir tú?

—No, este trimestre la empresa no tiene presupuesto para cine. Pero conozco algunos amigos que se dedican a eso y son expertos, te los puedo presentar —contestó Fabián, poniéndose de pie con toda la calma del mundo.

Por dentro, Tatiana sentía que la tierra se le abría bajo los pies.

Antes, Fabián no se inmutaba al darle tres millones, ni siquiera si le pedía trescientos millones. ¡Le daba lo que fuera sin dudar!

Ahora ni tres millones quería soltar. Eso de “no hay presupuesto” era puro cuento.

Cuando un hombre ya no quiere gastar en ti, es que todo está perdido.

Lo peor fue enterarse, más tarde, de lo que le contó Andrés:

Fabián había pagado cinco veces el precio normal para comprarle dos mil suéteres de lana a Joana.

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