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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 770

Por suerte, el jefe de la empresa había sido bastante precavido.

Gracias a que él había previsto todo esto con anticipación, lograron evitar un montón de problemas inesperados.

Después de descubrir la verdadera cara de Irene, poder hacer que la encerraran fue casi como un acto de justicia para Ezequiel.

Sentía que había hecho un bien para todos.

Mientras tanto, en internet, la reputación de Sueño Luminoso seguía subiendo como la espuma.

Paulina sacó su celular, pero lo que más le interesaba eran las noticias sobre la marca Sueño Luminoso.

Analizó con atención los datos y, emocionada, dijo:

—Joana, nuestro nombre está por todos lados. Un montón de gente está entrando a nuestra sección de comentarios, preguntando cuándo vamos a sacar nuevas colecciones.

—Eso es lo mejor que nos podía pasar —respondió Joana, con una sonrisa de satisfacción.

Paulina no pudo contenerse y continuó:

—Y eso no es todo, alguien trajo a un fotógrafo de primera y ahora en todas las redes sociales están circulando fotos tuyas en el escenario. Esas fotos te sacaron increíble, Joana. Se nota todo tu carisma y la belleza de la ropa que diseñaste.

Paulina soltó tantas palabras seguidas que, de repente, se dio cuenta de que todos la miraban.

Se tocó la nariz, un poco apenada, y murmuró:

—¿Por qué me están viendo así?

Joana soltó una risa suave:

—Es que nunca te habíamos escuchado hablar tanto.

Isidora asintió con entusiasmo:

—Sí, Paulina, siempre te he visto tan seria, tan tranquila, que parecía imposible que algo te emocionara tanto.

Paulina se llevó la mano a la frente, resignada:

—¡Es que estoy feliz! Esto afecta la reputación de nuestra marca y, pues, yo también soy parte del equipo. Si nos va bien a todos, me va bien a mí. Eso lo entiendo.

Joana sintió una calidez especial en el pecho.

Cada vez sentía que su sueño de tener su propio estudio se hacía más real.

—A ver, ustedes dos, ¿no quieren que salgamos un rato para que tengan privacidad?

Joana se separó rápido de Arturo, pero él, de un solo movimiento, la abrazó por los hombros sin dejarla escapar y le dijo a Isidora con toda naturalidad:

—No hace falta, vámonos todos a cenar. Y ya no anden molestando, que si siguen así, Joana se va a poner como jitomate de lo roja que está.

Joana le lanzó una mirada de reclamo a Arturo:

—¡Ya deja de decir locuras!

Isidora no pudo evitar soltar una carcajada y, moviendo la cabeza, se hizo la sabia:

—Según mis cálculos, ustedes dos ya casi nos dan la noticia...

—¡Isidora! —fingió regañarla Joana.

Arturo, haciéndose el desentendido, comentó:

—¿Y? Yo creo que Isidora tiene razón.

Al escuchar eso, Joana simplemente se dio la media vuelta, fingió no escuchar y se hizo la distraída.

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