Afuera ya no era de día, aunque no era un oscurecimiento normal, tampoco era una tormenta, quizás estaba alucinando, pero no creía que fuese el caso porque veía el terror en el rostro de cada uno a mi alrededor, porque las nubes no eran grises, el firmamento entero se había teñido de un rojo espeso, como si fuese un mar de sangre, algo totalmente aterrador, aunque el sol seguía allí en lo alto, pero ya no era dorado más parecía un ojo enfermo, distorsionado, observándonos.
Mientras tanto, un murmullo colectivo comenzó a crecer a nuestro alrededor, como el latido desbocado de mi propio corazón que hacía eco en mis oídos, porque quizás ahora sí el pánico me estaba atrapando.
—Mamá, ¿qué es lo que sucede? ¿A dónde debemos llevar a Sky?
Si alguien más lo hubiera oído, juraría que realmente estaba preocupado por mí, aunque tal vez sí lo estaba, quizás el vínculo de compañero lo estaba destrozando por dentro, tal vez ahora para los príncipes Alfa ya no era la chica rara, esa misma que acosaron y humillaron, claro que no, por supuesto, ahora era su compañera, esa misma que la diosa luna dictaminaba que debían amar y proteger más que a su propia vida, y las ganas de carcajearme me invadieron por un segundo, quizás había perdido la razón finalmente.
—No lo sé. —musitó Luna Esmeralda, la Luna del reino, la mujer que rara vez permitía que se le notara el miedo— En verdad no lo sé. El Rey Demonio está aquí. No hay a dónde escapar… Lo siento mucho, Sky. Créeme que no fue nuestra intención…
Su voz se quebró, y no pude evitar quedarme viéndola confundida, incluso si supiera todo lo que sus hijos me habían hecho, si supiera cada insulto, cada empujón, cada risa, todas y cada una a costa mía, aun así, ella no tenía por qué pedir perdón, porque no era ella la que me había roto, y sin embargo sus ojos estaban cubiertos de culpa.
Para mi suerte o confusión, me percaté de que al fin mi voz había regresado, aunque estaba segura de que si quisiera rechazar a estos tres idiotas volvería a quedar muda, aun así, no intentaría rechazarlos por el momento, no hasta que supiera qué era lo que estaba sucediendo.
—¿De qué habla, Luna? ¿Qué es lo que sucede…?
—Silencio.
Una sola palabra fue dicha, aunque por supuesto que no había sido luna Esmeralda, ella jamás me haría callar, la orden que retumbó por todo el campo como si fuese un trueno estallando sobre nuestras cabezas, no provenía de ella, provenía de alguien más, un hombre, estaba segura, aunque también estaba segura que no fue dicha por un simple hombre lobo, pues esa voz cargaba con una fuerza que nos atravesó el pecho y nos obligó a callar, aunque también hubieron algunos que gritaron aún más fuerte, presos del terror al no poder controlar sus propios cuerpos, mientras que otros cayeron de rodillas, gimiendo.
Algo terrible estaba ocurriendo, eso era más que evidente, pero ¿qué?
—¡Protejan a los Reyes! ¡Protejan a los príncipes!
Los betas aparecieron desde todos los flancos, como si el suelo simplemente los hubiera escupido allí, algunos conservaban su forma humana, con armas brillando en sus manos; otros ya transformados en enormes lobos de pelaje erizado y fauces descubiertas, todos ellos avanzando hacia un punto que yo no alcanzaba a ver.
Sentí, por primera vez en mi vida, que mi reflejo no estaba solo en un espejo.
—Hija. —dijo, y esa sola palabra hizo temblar el suelo bajo nuestros pies— Al fin te he encontrado.
El mundo se redujo al sonido de esa afirmación… Hija.
Las risas de los príncipes alfas, los años de burlas, de empujones en los pasillos, de entrenamiento, de miradas de desprecio de toda la manada, de doctores diciendo “no tiene lobo, es un error, tal vez nunca despierte”, todo eso se hizo añicos como cristal delgado.
Creí que mi vida había cambiado para siempre solo un día atrás, cuando los tres Alfas que habían sido parte de mi tortura toda la vida, se proclamaron como mis compañeros destinados, pero fue en ese preciso instante, con el cielo rojo, los betas inconscientes, los príncipes tensos a mi espalda y el Rey Demonio llamándome hija, que entendí la verdad… Nada, absolutamente nada, volvería a ser lo mismo.
Porque al fin comprendí que tal vez la razón por la que nunca encajé entre los hombres lobo… era porque, en realidad, nunca había sido uno de ellos.

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