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Cuando la presa se convirtió en reina romance Capítulo 3

Días antes:

Sky tomó un par de mantas del armario y se envolvió en ellas, como si pudiera desaparecer dentro de su propio cuerpo, mientras que, desde la cama, observó la escarcha que empezaba a dibujar filigranas en los bordes de la ventana, el clima era tal fuera, que el cristal vibraba con el viento helado; sin lugar a duda afuera, el mundo se congelaba, y adentro… el frío ya llevaba años instalada en su pecho.

Las temperaturas habían descendido de forma extraña durante los últimos días, aunque, en el fondo Sky, creyó que tal vez solo era su cuerpo el que sentía más frío de lo habitual, después de todo, aún no tenía a su loba y era muy consiente que su mala alimentación estaba haciendo estragos en su cuerpo, tanto así que no tenía una gota de grasa con la cual apaliar el frio que la recorría.

Aunque lo que más la inquietaba era la ausencia de su loba, más que su mala alimentación, y es que, a sus diecisiete años, pronta a cumplir dieciocho, aquello era una vergüenza imposible de ocultar, como quien dice, un secreto a voces, una maldita razón más para que todos la señalaran como una anomalía, un error, un recordatorio de lo que ningún lobo quería ser.

Se acomodó en la cama y se cubrió con varias mantas hasta quedar completamente envuelta, inmóvil, apenas un bulto tembloroso sobre las sábanas, y desde allí contempló la luna, redonda y distante, brillando sobre el bosque.

Sky siempre hacia eso, siempre se quedaba mirando a la luna, siempre callada, buscando respuestas donde nunca las encontraba, y, aun así, se aferraba a su luz como quien se aferra a un dios que nunca responde, pero aun así le reza a pura base de fe ciega.

¿Por qué seguía sin transformarse?

No lo comprendía. ¿Es que no era suficiente sentirse diferente por culpa de un cuerpo que parecía no obedecer ninguna regla? Su período aparecía y desaparecía cuando quería, ignorando cualquier patrón, burlándose de todos los ciclos que las demás lobas cumplían a la perfección, mientras las otras jóvenes hablaban de cambios, de energía, de sus lobas susurrándoles al oído… Sky solo conocía el silencio, y aquello era apenas el comienzo.

Sus ojos bicolores eran otro motivo de burlas y de desprecio, ya que uno era celeste, helado, como la luz de la luna reflejada en la nieve, y el otro, era color miel, pero de un tono tan peculiar, tan intenso, que parecía una brasa encendida a punto de prender fuego a todo lo que mirara, era como tener dos mundos distintos atrapados en su mirada, una maldita contradicción caminando sobre dos piernas, tanto así que durante años la habían acusado de ser una bruja infiltrada entre los lobos.

No existía nadie más como ella, nadie con esos ojos, mucho menos con ese cabello, y claro que nadie con ese vacío donde debería estar su loba.

Por un instante Sky, imaginó qué se sentiría ser normal, abrir los ojos una mañana y sentir una presencia cálida en su mente, escuchar una voz que la llamara por su nombre, que le dijera "estoy aquí"... No estar sola dentro de su propia cabeza, pero la soledad era lo único constante en su vida, además del maltrato.

—¡Alen! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué me dejaste?!

Los gritos provenientes del piso inferior la arrancaron de sus pensamientos, y el nombre de su madre, ahogado entre sollozos y alcohol, subió por las escaleras como un lamento.

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