En la sala privada se escucharon varios jadeos de asombro. No era por la cantidad de dinero, sino porque nadie esperaba que fuera tan directa.
Había muchas mujeres que querían meterse en la cama de Renzo por fama y fortuna, pero la mayoría lo disfrazaba bajo la máscara del «amor».-
Por supuesto, Renzo tenía cualidades de sobra para enamorar a cualquiera.
Priscilla lo había amado precisamente así. Extrañaba las noches interminables de caricias, extrañaba cuando él la abrazaba y le pedía que lo llamara «mi amor», extrañaba esa ternura escondida bajo su fachada fría.
Hasta ese instante, no lo había superado por completo.
Pero con solo imaginarlo acostándose con otra mujer, el asco se volvía insoportable.
—¿Para qué quieres tanto dinero de repente? —Contrario a lo que muchos pensarían, Renzo no aceptó de inmediato. Levantó una ceja, le tomó la barbilla y analizó su rostro con detenimiento.
Priscilla lo miró fijamente a los ojos, esforzándose por mantener la calma:
—Gastaste millones de pesos en una sola noche regalando botellas. ¿De verdad te cuesta tanto darme treinta millones?
Si ya no había amor, ni estaba dispuesto a darle su lugar, ¿tampoco le daría dinero?
En ese momento, desde una esquina de la sala, se escuchó una risa sarcástica.
—Ustedes dos son igualitos.
Priscilla giró la cabeza y descubrió que su hermano menor, Diego Vega, también estaba allí, sentado en un rincón.
Al ver que Priscilla lo miraba, Diego sonrió con nerviosismo.
—Hola, hermana. Qué casualidad, ¿no?
Diego era hijo de su madre y su padrastro. El hombre era un ludópata, y Diego había seguido sus pasos. Dejó la escuela preparatoria y se juntó con malas compañías. Casi todo el dinero que Priscilla enviaba a casa se lo habían gastado ellos.
Con el tiempo, Priscilla se llevó a su madre a vivir a otra ciudad y le depositaba dinero directamente a ella, cortando todo contacto con Diego y su padrastro.
Nunca les había mencionado su relación con Renzo. Solo le había comentado algo por encima a su madre, pidiéndole que no dijera nada para evitar que esos dos se aprovecharan.
Pero Diego de alguna manera había llegado hasta ahí, y se notaba que ya tenía confianza con el círculo de amigos de Renzo. Evidentemente, no era cosa de un par de días.
Priscilla sintió un escalofrío.
—¿Quién te dijo que vinieras?
Diego se frotó las manos, incómodo.
—Arrestaron a papá. Necesito dinero para sacarlo, si no, esa gente de verdad lo va a matar. Hermana, no puedes dejar que le pase algo, ¿verdad?
El tipo que antes se había burlado, observaba la escena con interés.
—No me digas que el rescate cuesta exactamente treinta millones.
El cuerpo de Priscilla se tensó. De pronto entendió cómo la veían los amigos de Renzo.
Seguramente pensaban que era una cazafortunas que había fingido amor solo para sacarle dinero y que ahora, incapaz de sostener la mentira, lo estaba exprimiendo para dárselo a su hermano mantenido.
Priscilla sintió ganas de reírse de la situación.
Ignoró a todos y se centró solo en Renzo.
—Sin importar el motivo, he estado contigo tres años. Por todo lo que hubo entre nosotros, solo te pido treinta millones. ¿Me los das o no?
Sabiendo lo enamorada que estaba de él, Renzo ni siquiera lo dudó. Su sonrisa arrogante apareció y desapareció rápidamente. Sabía que si le daba demasiada importancia, ella se volvería insoportablemente empalagosa.
—¿Segura que no viniste por el problema de tu papá? —preguntó, levantando una ceja.
Priscilla lo miró con fingida inocencia.
—Ni siquiera sabía de eso. —Con un dedo comenzó a trazar formas en su pecho desnudo, dibujando disimuladamente varios números «3» para darle la indirecta.
Quería sus treinta millones.
Renzo le atrapó la mano traviesa, entrecerrando sus ojos alargados.
—Aún estamos afuera.
Efectivamente, era una mujer caprichosa y seductora hasta la médula.
Le acababa de dar lo suyo y ya quería más.
Priscilla apretó los dientes.
—Treinta millones...
Renzo se recargó en el respaldo, con un tono perezoso, repitiendo la misma pregunta:
—¿Para qué quieres tanto dinero?
Ella murmuró, con sus grandes ojos oscuros mirándolo fijamente:
—Para comprar maquillaje, ropa, bolsos... Todo eso cuesta mucho dinero.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando su celo llegó, mi vestido ya era de otro