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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1216

Para él, las mujeres hermosas no representaban ningún peligro, pero Belén era la excepción; ella tenía el poder de arrebatarle la vida misma.

Mientras tanto, tras entrar al ascensor, Belén se vio rodeada de una multitud asfixiante. Apretujada en el centro, bajó la cabeza y dejó que las lágrimas cayeran como un collar de perlas roto, rodando por su rostro sin control.

No le importaba lo que pensaran los demás, simplemente no podía contener la avalancha de emociones. Lloraba con pequeños espasmos, y su nariz estaba completamente congestionada.

Tobías era un hombre maravilloso. Él sabía cómo hacerla reír, le daba alegrías sinceras y le había regalado una experiencia de vida completamente diferente, permitiéndole sentir lo que era el amor genuino.

Deseaba con toda su alma quedarse a su lado y atesorarlo, pero su desesperación por salvar a Hugo era mucho más grande.

La amenaza de Fabián seguía resonando en su mente como un eco venenoso: «Si sigues involucrada con Tobías, jamás en la vida ayudaré a Hugo».

Esa simple frase fue suficiente para obligarla a renunciar a todo.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que el ascensor finalmente se detuvo en la planta baja. La multitud empezó a salir poco a poco, aliviando la presión.

Belén, arrastrando los pies y con la mente perdida en una bruma, siguió al grupo hacia la salida.

Afuera, el sol brillaba con fuerza. Apenas cruzó las puertas del hospital, escuchó una voz profunda y rasposa llamándola:

—Belén.

Giró la cabeza en dirección al sonido y vio a Fabián apoyado contra la puerta de su auto. Bajo la intensa luz del sol, lucía tan apuesto y radiante como siempre, pero al mismo tiempo, irradiaba una prepotencia abrumadora.

Belén dudó un segundo antes de obligarse a caminar hacia él.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Fabián abrió la puerta del copiloto.

Estaba a punto de ordenarle que subiera cuando su mirada se cruzó con los ojos enrojecidos de la mujer.

Sintió una punzada de molestia en el pecho. Su rostro se endureció de inmediato y le exigió saber:

—¿Por qué tienes los ojos rojos?

Belén alzó la mirada, lo observó con una frialdad glacial y le devolvió la pregunta:

—Si te lo dijera, ¿me dejarías en paz?

Fabián se quedó en silencio, escrutándola sin dignarse a responder.

Al ver que no decía nada, Belén soltó una carcajada amarga y murmuró:

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