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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 595

Desde el momento en que supo que Cecilia había desaparecido, un único pensamiento se apoderó de Belén: daría cualquier cosa por la seguridad de su hija.

Ahora, con Cecilia sana y salva frente a ella, la angustia que la oprimía finalmente se disipó.

Sin importarle la suciedad, Belén frotó su mejilla contra la de Cecilia y le susurró con voz temblorosa:

—Estás bien, eso es lo único que importa.

Mientras hablaba, las lágrimas seguían rodando por su rostro.

A Cecilia se le partió el corazón al verla así. Levantó sus pequeñas manos y, con ternura, secó las lágrimas de las mejillas de Belén.

El gesto conmovió a Belén aún más.

En ese instante, sintió que su hija, su verdadera hija, había vuelto.

—No llores, mamá —dijo Cecilia mientras le secaba el rostro—. Te ves fea cuando lloras.

Belén asintió entre sollozos.

—Tienes razón. No más lágrimas, no más.

Tobías, que observaba la escena desde un costado, sintió una profunda compasión por Belén.

La lluvia no daba tregua. Aunque no era intensa, los había empapado a los tres. Belén, Cecilia y Tobías se veían igual de desamparados.

Belén bajó a Cecilia de sus brazos y se arrodilló frente a ella. La tomó de los brazos, examinándola de arriba abajo, mientras le preguntaba con ansiedad:

—Déjame ver, ¿te hiciste daño en alguna parte?

Cecilia cooperó, girando sobre sí misma para que Belén pudiera revisarla bien.

Tras la inspección, Belén notó que, además de algunos rasguños y moretones, Cecilia tenía unas marcas en el tobillo, como si algo la hubiera mordido.

Cuando Belén se agachó para ver más de cerca, Cecilia la abrazó y le dijo entre sollozos:

—Mamá, fueron las ratas.

Al oír eso, a Belén se le hizo un nudo en el corazón.

Cecilia era la hija de Fabián, criada entre algodones bajo su cuidado. Jamás en su vida había visto una rata.

Al ver el estado lamentable de su hija, frunció ligeramente el ceño. ¿Cómo era posible que su hija estuviera tan desaliñada?

Sin embargo, la preocupación superaba cualquier otro sentimiento, aunque no fuera de los que expresan su afecto con palabras.

Fabián sujetó el paraguas con el cuello, se agachó y tomó la mano de Cecilia.

—Cecilia, la próxima vez, a donde sea que vayas, avísale a papá o a mamá, ¿entendido?

—Sí, papá —respondió ella dócilmente.

Entonces, Fabián se giró para mirar a Belén. Vio que las lágrimas seguían brotando de sus ojos.

Fue en ese instante que Fabián comprendió la profundidad del amor que Belén sentía por Cecilia.

Tomó la mano de Cecilia y se enderezó.

Volvió a colocar el paraguas sobre la cabeza de Belén y le dijo con voz ronca:

—Ya pasó.

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