Mariana dijo:
—Significa que la mamá se muere.
Cecilia asintió:
—Ah, ya entiendo.
Mariana se levantó, tomó la manita de Cecilia y dijo:
—Bueno, ya no pensemos en esa persona tan nefasta que es tu madre, vamos a divertirnos.
Cecilia asintió:
—Sí.
Pero al subir al carro, las palabras de Mariana seguían resonando en la mente de Cecilia.
***
De vuelta en la cima de la montaña.
Los cinco estaban acostados sobre una manta extendida.
Belén y Alejandra estaban en el centro, rodeadas por el grupo, con Tobías y Mateo a sus lados.
Mirando las incontables estrellas en el cielo, los ojos de Belén reflejaban confusión. A su alrededor, todo era silencio.
Mateo rompió el hielo preguntando:
—Están muy callados, ¿en qué piensan?
Nadie le respondió.
Al ver que nadie contestaba, Mateo preguntó directamente:
—Esteban, ¿en qué piensas tú?
La voz de Esteban sonó fría:
—Estoy pensando en cómo vamos a repartirnos las casas de campaña.
Mateo se burló:
—Qué superficial, con este paisaje tan hermoso y tú pensando en cosas sin importancia.
Esteban replicó:
—Al rato no me ruegues para dormir conmigo.
Mateo hizo un sonido de desdén y luego le preguntó a Tobías:
—¿Y Tobías? ¿En qué piensas?
Tobías, con las manos detrás de la cabeza mirando las estrellas, dijo con voz ronca:
—Yo soy un hombre superficial, mi cerebro está lleno de cochinadas, así que también estoy pensando en cómo repartir las tiendas.
Mateo se quedó sin palabras y dijo exasperado:
—Tener amigos como ustedes dos hace que... no pueda levantar la cabeza de vergüenza.
Tobías preguntó con picardía:
—¿Cuál cabeza?
Mateo le gritó un poco ansioso:
—Alejandra está aquí, ¿podrías dejar de hacer esas bromas?
Belén propuso tentativamente:
—Yo duermo con Alejandra y ustedes tres hombres se acomodan, ¿va?
Apenas terminó de hablar, Tobías protestó:
—Yo duermo contigo, Mateo con Esteban, y la señorita Alejandra que tenga su propia habitación.
Lo organizó todo claramente, con un tono que no admitía réplica.
Belén levantó la cabeza, lo fulminó con la mirada y dijo:
—No voy a dormir contigo.
Tobías le dijo:
—Tengo algo que decirte.
Al oír eso, Belén se quedó pasmada.
El asunto de Emilia seguía atorado en su pecho; si no lo soltaba, sentía que iba a explotar.
Pensando en eso, Belén aceptó:
—Está bien.
Al ver esto, Alejandra miró a Belén con preocupación:
—Belén...
Belén se giró hacia Alejandra y sonrió:
—No pasa nada, solo voy a hablar unas palabras con el señor Tobías. Cuando terminemos, te busco.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....