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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 716

Pero al entrar en el chat, solo aparecía que la otra persona había eliminado un mensaje.

Llena de dudas, Belén envió un signo de interrogación.

Emilia respondió casi al instante: [Me equivoqué al picarle.]

Ya que estaban hablando, Belén preguntó con curiosidad: [¿Qué tal te fue con el señor Tobías?]

Emilia sintió como si Belén estuviera indagando, así que respondió: [Nos fue muy bien.]

Al leer eso, Belén sintió una sensación extraña en el pecho.

Tras un breve silencio, le dijo a Emilia: [Entonces felicidades.]

Emilia contestó: [Sí, gracias Belén.]

Belén no siguió la conversación; después de darse las buenas noches, se fue a secar el cabello.

Cuando terminó, se acostó en la cama.

Pero, aunque estaba bajo las cobijas calientitas, no tenía nada de sueño.

Tampoco tenía ganas de usar el celular, así que se acurrucó en la cama mirando con la vista perdida hacia la ventana.

Como estaba distraída, cuando una sombra pasó fugazmente frente a la ventana, aunque Belén no vio bien, se asustó.

Casi por instinto, se sentó de golpe en la cama con los ojos llenos de terror, clavando la mirada en la ventana.

Pero aparte del mar de luces afuera, no había nada.

Belén no pudo evitar pensar si lo había imaginado.

Al pensar en eso, la tensión que sentía se relajó.

Se levantó, fue a la ventana y cerró las cortinas.

Al regresar a la cama, sintió sueño.

Esta vez, Belén durmió de un tirón hasta el amanecer.

Sonaron unos golpes en la puerta, acompañados de la voz de Hugo preguntando:

—Belén, ¿ya te levantaste?

Belén se sentó.

—Hugo, ya estoy despierta.

—Entonces arréglate, paso por ti en media hora —dijo Hugo.

Al oír esto, Hugo volteó a ver a Belén y vio que su rostro reflejaba desilusión.

Entonces, le preguntó en voz alta al empleado:

—¿Y cuánto tiempo tardaremos en poder entrar?

En cuanto dijo eso, los turistas de afuera empezaron a preguntar lo mismo.

El empleado respondió en voz alta:

—Tendremos que esperar a que salga un grupo de turistas para dejar entrar a otro grupo.

Al decir esto, la gente en la entrada comenzó a alborotarse.

Entonces, se escucharon murmullos alrededor:

—Lo sabía, lo barato sale caro. Tenemos boletos, pero si no podemos entrar es la misma fregadera, ¿no?

—¿Boletos gratis? ¿Tú también tienes boleto gratis?

—Sí, el mío también es gratis. Dicen que la entrada cuesta unos cientos de pesos, pero escuché a muchos decir que sus boletos fueron un regalo.

—¿A poco no? Me late que el que regaló las entradas está medio zafado de la cabeza.

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