Clavó su mirada en los rasgos de Belén y, recuperando ese tono sinvergüenza de siempre, dijo:
—¿Apenas han pasado unos días y ya olvidaste cómo se sienten mis manos recorriendo tu cuerpo?
Belén no le contestó. Lo miró con total desconfianza y le preguntó:
—¿A qué viniste?
Mientras hablaba, se alejó un poco para poner distancia entre los dos.
Al ver que ella se apartaba a propósito, Tobías sintió como si le clavaran un cuchillo en el pecho.
Decidió ignorar su reacción, pero esta vez su expresión se tornó seria:
—Vine porque quería abrazarte.
Belén frunció el ceño, intentando hacerlo entrar en razón:
—No hagas esto. Emilia es a quien quieres en realidad.
Esas palabras enfurecieron a Tobías, quien alzó la voz:
—A quien quiero es a ti.
Belén no quería escuchar más. Volteó la cara y señaló la puerta con el dedo:
—Vete, o voy a gritar.
Tobías, sentado en la cama, puso una cara fría y dijo:
—No me voy a ir, a menos que quieras que me muera allá afuera.
Belén no dijo nada, pero mantuvo el dedo señalando la salida.
Su postura era más que clara.
Al verla tan firme, Tobías se bajó de la cama descalzo. Se paró a un lado y, sin decir agua va, empezó a desvestirse.
Se quitó la gabardina, luego el suéter y la camiseta, hasta dejar su torso completamente al descubierto.
Aunque sus palabras eran duras, sus manos no dejaban de hacer presión para detener la sangre.
Al verla llorar, Tobías sonrió.
Tenía la cara pálida por el dolor intenso y la frente perlada de sudor.
Sonriendo, con la voz ronca y entrecortada, le dijo:
—Mientras te importe, aunque me muera, vale la pena.
Belén estaba furiosa, pero no quiso discutir. Sacó una gasa que llevaba consigo y le curó la herida.
Ya estaba cicatrizando, pero con ese arranque se había sacado bastante sangre, aunque no era tan grave como al principio.
Después de curarlo, Belén se dio la media vuelta para irse, pero Tobías le agarró el brazo de repente. Se acercó por detrás y la envolvió en un abrazo.
Bajó la cabeza, aspirando con fuerza el aroma de su champú, y su voz sonó llena de tristeza y dolor:
—Ella me salvó, sí, pero yo solo recuerdo tu nombre, tu calor, la suavidad de tus labios. Nunca supe quién era Emilia ni me interesa saberlo. Las promesas que hice fueron para Belén, solo pueden ser para ti. Aparte de ti, no quiero a nadie, no deseo a nadie más. Si tú no me quieres, prefiero morirme.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....