—Puedes pedirme que me calle.
—¿Y obedecerías?
—Depende.
Ella arqueó una ceja. La respuesta tenía algo del Adrián de antes, del hombre acostumbrado a decidir incluso cuando aseguraba estar escuchando. Sin embargo, ya no encontró arrogancia en su expresión. Solo una cautela que parecía anticipar todas las razones por las que ella podría apartarlo.
—Eso no suena muy convincente.
—Obedecería si necesitas silencio. Si intentas alejarme porque crees que tu dolor es una carga, tendría que recordarte que ya tomaste demasiadas decisiones pensando en lo que los demás podían soportar.
Victoria quiso responder, pero él bajó la mirada hacia sus manos. Tenía las uñas marcadas en las palmas por la fuerza con la que había apretado los puños mientras leía la lista.
Ella no había advertido que volvía a hacerlo. De niña había aprendido a ocultar así la rabia: apretaba las manos, contenía las lágrimas y esperaba hasta quedarse sola para dejar de fingir. Nunca había querido causar otro problema en una casa donde toda la atención parecía reservada para Fernanda.
Adrián abrió sus manos con delicadeza y recorrió aquellas pequeñas marcas con los pulgares.
—También puedo hacer esto —dijo—. Recordarte que no tienes que hacerte daño para contener lo que sientes.
La ternura del gesto le resultó dolorosa. Victoria no podía evitar recordar cuántas veces esas mismas manos lo habían buscado sin encontrarlo, cuánto había deseado que él la mirara con aquella atención cuando todavía eran esposos. Una parte de ella quería aceptar que Adrián había cambiado; otra temía premiarlo por ofrecerle demasiado tarde lo que nunca debió negarle.
Ella extendió las manos y le permitió sostenerlas, consciente de que sanar no consistía en negar aquellos renglones. Consistía en impedir que quienes decían amarla siguieran añadiendo otros.
Adrián se inclinó y depositó un beso en cada una de sus palmas. No fue un gesto apresurado ni una disculpa disfrazada, sino una caricia tan cuidadosa que Victoria sintió deseos de llorar por todo lo que había esperado para recibir algo semejante.
—¿Por qué haces esto? —preguntó.
Él levantó la cabeza. Había dolor en sus ojos, pero no el dolor egoísta de quien esperaba ser consolado por sus propios errores.
—Porque son las manos que sostuvieron a nuestros hijos cuando tenían miedo, las que trabajaron para construir una vida después de que yo destrozara la que teníamos y las que todavía me permiten acercarme a ti. No volveré a tratarlas como si estuvieran obligadas a sostenerme también a mí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....