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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 406

Adrián tiró de Victoria con toda la fuerza que tenía mientras ella intentaba impulsarse hacia afuera de la camioneta, pero uno de los hombres la sujetaba desde el interior y otro apareció desde un costado para golpear a Adrián en el brazo con la culata de un arma, sin conseguir que aflojara los dedos en el primer intento porque en ese momento no existía nada más importante que mantener aquella mano unida a la suya.

El segundo golpe alcanzó su rostro y le abrió la piel cerca de la ceja, aunque el dolor apenas consiguió atravesar la desesperación que lo dominaba, porque durante un instante volvió a verla en una cama de hospital, escuchó nuevamente a los médicos hablar del riñón, recordó el miedo que había sentido cuando supo que el embarazo podía ponerla en peligro y todas las veces que había creído que siempre existiría otro día para corregir aquello que había hecho mal.

Después de tantos años creyendo que Victoria permanecería a su lado sin importar cuánto la descuidara, ahora entendía demasiado bien que nada estaba garantizado y que amar a alguien también significaba vivir con la posibilidad de perderlo.

—Adrián... —pronunció Victoria mientras intentaba sostenerse de él.

Aquella vez su nombre no salió como un grito, sino como una súplica cargada de miedo, y él supo que aquella voz permanecería dentro de su cabeza aunque consiguiera recuperarla unos minutos después, porque jamás había escuchado a Victoria llamarlo como si él fuera lo último que todavía la unía con un lugar seguro.

—Mírame, amor, no me sueltes.

Victoria negó con desesperación mientras otro hombre tiraba de ella hacia el interior del vehículo.

—No quiero irme contigo —alcanzó a decirle al secuestrador—. ¡Suéltame!

Adrián volvió a jalarla hacia sí, consiguiendo acercarla algunos centímetros a la puerta, pero el hombre que estaba afuera golpeó nuevamente su brazo y otro impacto alcanzó su hombro, provocando que perdiera estabilidad mientras Victoria seguía aferrada a sus dedos con una fuerza que comenzaba a disminuir.

Uno de los guardaespaldas supervivientes corrió hacia ellos y disparó contra el atacante que permanecía junto a la camioneta, obligándolo a buscar protección, aunque casi al mismo tiempo recibió un impacto y cayó sobre el pavimento.

—¡Señor Montenegro! —gritó otro de sus hombres desde varios metros atrás.

Él apenas lo escuchó.

Toda su atención permanecía concentrada en la mano de Victoria.

Los dedos de ambos comenzaron a deslizarse lentamente cuando uno de los secuestradores consiguió arrastrarla más hacia el interior y Adrián trató de avanzar con el vehículo, pero la camioneta empezó a moverse antes de que pudiera recuperar una posición segura.

—¡No!

Victoria estiró el brazo todo lo que pudo.

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