Asi que durante varios minutos aquella convicción fue lo único que consiguió mantener a Adrián sentado sin arrebatarle el volante al hombre que conducía, porque las luces de la camioneta continuaban visibles unas calles adelante y, mientras pudiera seguirlas, podía repetirse que Victoria todavía estaba al alcance, que no había vuelto a fallarle y que aquellos dedos que había perdido segundos atrás terminarían otra vez dentro de su mano.
La camioneta atravesó una avenida congestionada justo antes de que cambiara el semáforo y tomó una salida lateral, mientras el vehiculo en el que iba Adrián quedó atrapado algunos segundos detrás de varios vehículos cuyos conductores intentaban apartarse al escuchar las sirenas.
—No pueden perderla —advirtió Adrián, inclinándose hacia delante mientras el conductor aceleraba en cuanto se abrió espacio.
Doblaron detrás de la patrulla, pero al llegar a una intersección encontraron dos caminos posibles y ninguna señal del vehículo.
El conductor eligió uno mientras Adrián buscó desesperadamente aquella camioneta entre cada automóvil, convencido de que debía aparecer en cualquier momento, hasta que vio disminuir la velocidad del conductor y escuchó al guardaespaldas del asiento delantero recibir información por teléfono.
—¿Qué pasó?
El hombre tardó demasiado en contestar.
—Se perdieron contacto visual.
La frase entró en la cabeza de Adrián de una manera extraña, como si hubiera entendido cada palabra por separado pero no pudiera aceptar lo que significaban juntas.
—Entonces recuperen el rastro con las cámaras, bloqueen las avenidas, carreteras, estacionamientos y cualquier salida que puedan utilizar.
—Ya están coordinando…
—¡Acaban de llevarse a mi esposa delante de una estación de policía!
El grito hizo que los hombres guardaran silencio mientras Adrián cerraba la mano que todavía conservaba la sensación de los dedos de Victoria. Podía escuchar nuevamente aquella súplica, recordar la expresión de su rostro cuando comenzó a perderla y sentir el instante exacto en que dejó de sostenerla.
No importaba que tres hombres hubieran tirado de ella ni que lo golpearan hasta abrirle la ceja, porque dentro de su cabeza existía una sola conclusión. La había soltado, después de todo lo que Victoria había sobrevivido, después del trasplante, de los hospitales, de Daniel, de Fernanda, del embarazo y de cada amenaza que él juró impedir, había terminado contemplando cómo se la llevaban mientras su mano quedaba vacía.
Durante meses había contenido impulsos que anteriormente habría convertido en órdenes, había aprendido a preguntar antes de decidir y había dejado que Victoria pusiera límites incluso cuando el miedo le exigía encerrarla entre cuatro paredes, aunque ahora reconocía una verdad que le provocaba vergüenza: una parte de aquel esfuerzo también había nacido del terror de perderla por su propia culpa.
Quería que Victoria siguiera eligiéndolo, quería demostrarle que podía amarla sin asfixiarla, porque sabía perfectamente que ella ya tenía la fortaleza suficiente para marcharse si él volvía a convertirse en aquel hombre que confundía protección con posesión. Ahora Victoria no estaba ahí para elegir nada.
—Quiero a todos trabajando en esto —ordenó con una serenidad que resultaba más inquietante que el grito anterior—. Seguridad privada, contactos de tránsito y cada cámara a la que podamos acceder legal o ilegalmente; no me importa cuánto cueste, pero nadie deja de buscarla. El teléfono del guardaespaldas sonó antes de que pudiera recibir respuesta.
El hombre atendió y su expresión cambió mientras escuchaba provocando que Adrián lo notara de inmediato.
—¿Qué pasó?
—Señor Montenegro…
El pecho se le contrajo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Hola...
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....