Habían consultado a los mejores especialistas del país sin obtener resultados. Hasta que hace poco, alguien les recomendó a Yuliana Serna, del departamento de medicina alternativa del Hospital Central de Valenciora. Decían que, a pesar de su juventud, su habilidad con la acupuntura era milagrosa.
Al principio, Benicio dudó bastante.
¿Una doctora de veintiséis años? Por muy brillante que fuera su currículum, ¿cuánta experiencia real podía tener?
Después de pensarlo mucho, decidió que lo mejor era venir en persona y poner a prueba sus habilidades.
Aunque estaba molesto con su secretario, no le quedaba más remedio que admitir que la lógica de Santiago era impecable. Si venía a evaluar las capacidades de la doctora, necesitaba presentar un dolor real para comprobar si el tratamiento funcionaba.
A través de la delgada cortina de tela, Benicio podía escuchar fragmentos de la conversación entre Yuliana y su nuevo paciente.
Ella mostraba una paciencia infinita con un anciano que le repetía las mismas preguntas una y otra vez. Su tono era siempre amable, sin la menor pizca de irritación, e incluso sonreía al responder lo mismo en repetidas ocasiones.
Sin darse cuenta, la expresión rígida de Benicio se suavizó un poco.
Los veinte minutos pasaron volando. El sonido de los aros metálicos de la cortina resonó en la habitación, y la figura de Yuliana reapareció junto a la camilla.
—Voy a retirar las agujas, por favor no se mueva.
Sostuvo el extremo de cada aguja con las yemas de los dedos, hizo un leve giro y las sacó con tal rapidez y delicadeza que apenas se sintió.
—La fatiga muscular no es severa. Intente no pasar tantas horas sentado de ahora en adelante y haga estiramientos lumbares. No será necesario que vuelva para más sesiones de acupuntura.
Mientras retiraba la última aguja, Yuliana no pudo evitar notar las líneas firmes y definidas de su espalda y cadera. Era evidente que el hombre se cuidaba y hacía ejercicio con regularidad; el problema era que la sobrecarga muscular afectaba justo la zona que más utilizaba para hacer fuerza.
Yuliana guardó todo y volvió a cerrar la cortina.
Benicio se incorporó, se arregló la ropa rápidamente y, al salir de detrás de la cortina, notó que ya había otro paciente esperando.
Realmente tenía la agenda llena.
Le echó un último vistazo a Yuliana, quien ya estaba concentrada en su nuevo paciente, y salió del consultorio a paso rápido, sin siquiera despedirse.
Cuando Yuliana despidió al último paciente del turno, el reloj de la pared marcaba las doce y veinticinco.
Limpió las agujas con cuidado, las guardó en el estuche esterilizado, ordenó su escritorio y finalmente tomó su bolso de la silla para salir del consultorio.

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