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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 118

Martina saludó con una sonrisa tranquila:

—Señor Fuentes, señorita, qué coincidencia encontrarlos aquí.

En realidad, era obvio que todos terminarían coincidiendo en esa fiesta, así que de coincidencia no tenía nada.

Florencia bajó la mirada y guardó silencio.

Salvador ni siquiera contestó, simplemente los ignoró y siguió de largo.

Gael, que estaba a un lado, no pudo evitar decir:

—Salvador, ¿vas a ser tan distante? Después de todo, ya se conocen. Martina te saludó y tú, ¿de verdad te vas a ir así nomás?

Salvador se detuvo apenas un instante y, sin mostrar emoción, respondió:

—Perdón, pero no quiero que mi esposa malinterprete nada. Además, no tengo la costumbre de saludar a las acompañantes de otros.

Su tono fue tan cortés que terminó sonando desdeñoso. Gael se quedó con una expresión amarga, como si acabara de tragarse algo muy desagradable.

Salvador no les prestó más atención y llevó a Florencia a la zona de descanso. Se sentaron juntos, algo apartados del bullicio.

Florencia observó sus gestos, que seguían igual de distantes, y soltó una risa baja.

—Eres todo un actor, señor Fuentes.

Salvador apenas levantó la vista, sin molestarse en dar explicaciones.

Florencia lo había dicho solo para picarlo, no esperaba una respuesta y enseguida apartó la mirada, repasando el salón de fiestas. Buscaba a Facundo, pero no lo veía por ningún lado.

Ligeramente desconfiada, miró a Salvador.

—¿Me trajiste aquí con un pretexto?

—No tengo necesidad de inventar ese tipo de mentiras —repuso Salvador, seco.

Florencia no se quedó callada.

—Señor Fuentes, creo que no te das cuenta de cómo eres. No solamente tus mentiras son bajas, tú eres así de bajo.

Salvador la miró de reojo. Lo que encontró fue la mirada impasible de Florencia y su postura erguida, esa actitud de quien parece no temerle a nada ni a nadie.

Por un instante, en sus ojos apareció un destello oscuro, pero enseguida lo ocultó.

Con los años, ya se había acostumbrado a los comentarios mordaces de los demás. No era como cuando apenas había entrado a este círculo social y todo le pesaba. Ahora, lo que Florencia le decía ya no lo alcanzaba.

Tomó una bebida de la mesa y se la acercó a Florencia.

—¿Te cansaste de insultarme? Toma un poco de agua y sigue si quieres.

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