Martina saludó con una sonrisa tranquila:
—Señor Fuentes, señorita, qué coincidencia encontrarlos aquí.
En realidad, era obvio que todos terminarían coincidiendo en esa fiesta, así que de coincidencia no tenía nada.
Florencia bajó la mirada y guardó silencio.
Salvador ni siquiera contestó, simplemente los ignoró y siguió de largo.
Gael, que estaba a un lado, no pudo evitar decir:
—Salvador, ¿vas a ser tan distante? Después de todo, ya se conocen. Martina te saludó y tú, ¿de verdad te vas a ir así nomás?
Salvador se detuvo apenas un instante y, sin mostrar emoción, respondió:
—Perdón, pero no quiero que mi esposa malinterprete nada. Además, no tengo la costumbre de saludar a las acompañantes de otros.
Su tono fue tan cortés que terminó sonando desdeñoso. Gael se quedó con una expresión amarga, como si acabara de tragarse algo muy desagradable.
Salvador no les prestó más atención y llevó a Florencia a la zona de descanso. Se sentaron juntos, algo apartados del bullicio.
Florencia observó sus gestos, que seguían igual de distantes, y soltó una risa baja.
—Eres todo un actor, señor Fuentes.
Salvador apenas levantó la vista, sin molestarse en dar explicaciones.
Florencia lo había dicho solo para picarlo, no esperaba una respuesta y enseguida apartó la mirada, repasando el salón de fiestas. Buscaba a Facundo, pero no lo veía por ningún lado.
Ligeramente desconfiada, miró a Salvador.
—¿Me trajiste aquí con un pretexto?
—No tengo necesidad de inventar ese tipo de mentiras —repuso Salvador, seco.
Florencia no se quedó callada.
—Señor Fuentes, creo que no te das cuenta de cómo eres. No solamente tus mentiras son bajas, tú eres así de bajo.
Salvador la miró de reojo. Lo que encontró fue la mirada impasible de Florencia y su postura erguida, esa actitud de quien parece no temerle a nada ni a nadie.
Por un instante, en sus ojos apareció un destello oscuro, pero enseguida lo ocultó.
Con los años, ya se había acostumbrado a los comentarios mordaces de los demás. No era como cuando apenas había entrado a este círculo social y todo le pesaba. Ahora, lo que Florencia le decía ya no lo alcanzaba.
Tomó una bebida de la mesa y se la acercó a Florencia.
—¿Te cansaste de insultarme? Toma un poco de agua y sigue si quieres.
Florencia no estaba muy interesada en ese tipo de rivalidades, pero al ver la expresión seria de Gilda, le preguntó:
—¿Es tan bueno como dicen? A mí me parece que no toca mejor que tú. ¿Por qué te importa tanto?
—La técnica no es lo principal —respondió Gilda—. Lo que pasa es que ese chico ya era famoso en el extranjero, tiene miles de fans y ahora que volvió, la atención está sobre él. Además, dicen que en el concierto va a tocar solo piezas originales, nunca antes presentadas públicamente.
A Florencia no le quedaba claro cómo funcionaba ese mundo, pero entendió que Luna de Diamante quería eclipsar a la familia Guzmán.
Sin embargo, poco podía hacer para ayudar. Solo le ofreció a Gilda un par de palabras de aliento.
Gilda se despidió poco después, diciendo que quería ver cómo iban las cosas en otro lado.
Florencia la vio alejarse y, al volver la vista, se encontró con que Facundo había llegado sin que ella lo notara. Junto a él estaba Juliana.
Estaban algo lejos, pero el gesto de Juliana era inconfundible: abrazaba el brazo de Facundo con fuerza, radiante de felicidad.
Florencia apretó los dedos contra la mesa. Le daban ganas de ir a reclamarle a Facundo, pero al ver la multitud alrededor, se contuvo.
Facundo, en ese momento, también la vio y, para su sorpresa, caminó hacia ella acompañado de Juliana.
Mientras los veía acercarse, Florencia sintió que le temblaban las manos. Temía perder el control y armar un escándalo ahí mismo.
Buscó a Salvador con la mirada, pero él había desaparecido y no lo encontraba por ningún lado.

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