Cada palabra que Juliana soltaba caía como una piedra, golpeando directo el pecho de Florencia, tan fuerte que por poco la hacía convulsionar de dolor.
Florencia quiso preguntarle si de verdad no le importaba ni tantito, si de plano le era indiferente todo lo que sentía. Pero Juliana ya ni la miraba, y Florencia tampoco podía ver la expresión en su cara.
Entonces escuchó a Juliana, con ese veneno en la voz que calaba hasta los huesos:
—Una hija tan rebelde y desobediente, ¿quién en su sano juicio la querría?
Las lágrimas brotaron sin aviso, nublando la vista de Florencia hasta el punto de casi resbalar del sillón por lo débil que se sentía. Justo en ese instante, una mano se apoyó firme sobre su hombro.
Alguien se sentó detrás de ella y su cuerpo encajó en el regazo de un hombre. Fue ahí cuando percibió ese aroma tenue a madera que le resultaba tan familiar.
Salvador habló, su voz tan tranquila como un río en calma:
—Yo sí la quiero, señora. Flor es parte de la familia Fuentes, y aunque usted sea su madre, no tiene derecho a menospreciarla así.
—Flor nunca ha necesitado ser sumisa. Desde que se casó conmigo, no tiene por qué agachar la cabeza ante nadie.
—Y usted, en vez de echarle la culpa a Flor por no obedecer, debería ponerse a pensar en todo lo que ha hecho todos estos años.
Las últimas palabras de Salvador eran justo lo que Florencia había soñado decirle a su madre.
Cuántas veces no había querido preguntarle si siquiera sabía lo que hacía. La gran señorita de la familia Castillo, humillándose y trabajando como mula para servirle a un tipo que nada más llegó a aprovecharse.
Hasta permitió que, después de que ese hombre se adueñó de todo lo de la familia Castillo, regresara a la casa, aceptara a la amante bajo el mismo techo y tratara a la hija de la otra como si fuera suya.
Pensar en todo eso solo hacía que el asco se le revolviera más en el estómago a Florencia.
—Ey, yerno, no te pongas así —intentó calmar las aguas Facundo, viendo que la cosa se ponía fea—. Juliana solo lleva mucho tiempo sin convivir con la gente, por eso se le va la boca. Mejor la llevo a que se relaje un rato.
La diferencia en la actitud de Facundo, tan sumiso frente a Salvador, era abismal comparada con cómo estaba hace unos minutos.
Agarró a Juliana para llevársela, pero Salvador lo detuvo:
—Un momento. Aprovecharon que salí para venir a hablarle así a mi esposa, y esa cuenta todavía no se paga. Los dos deben pedirle disculpas a Flor.
Facundo, que siempre sabía cómo doblar la cabeza, dejó ver el bochorno solo un segundo en la cara antes de asentir:
—Tienes razón, yerno. Me pasé, fue mi culpa. Flor, discúlpame.
—Verlos tan enamorados me da tranquilidad como padre. Ya llevan más de un año casados, deberían ir pensando en darle nietos a la familia…

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