La multitud se dispersó poco a poco, pero Facundo seguía ahí, como si nada lo moviera, con la mirada perdida y el cuerpo rígido.
Juliana, algo inquieta, se acercó y murmuró:
—Facundo, ¿crees que dije algo que no debía? ¿Estás enojado conmigo? No te enojes, ¿sí? Yo lo hice por tu bien. Esa Florencia no hace caso, siempre se la pasa retándote, con una hija así, es que ni sirve de nada tenerla, yo...
Juliana seguía hablando sin parar, cada palabra más aguda que la anterior. Facundo empezó a sentirse fastidiado.
Sin embargo, recordando que todavía necesitaba tanto a Florencia como a Juliana, respiró hondo y, tragándose su molestia, intentó calmarla:
—Juliana, al final de cuentas, Flor también es tu hija, la llevaste en el vientre todos esos meses. Nosotros, que somos los mayores, no deberíamos rebajarnos a pelear con ella, ¿no crees? Mira, ve y pídele disculpas, háblale bonito, que te juro que sí le importas.
—No pienso ir —le soltó Juliana, torciendo la boca—. Solo de verla me da rabia. Toda la vida le he dicho que obedezca, y mira, sigue igualita. No me cae bien.
Facundo apretó los labios, sintiéndose atrapado. Esta vez Juliana había lastimado demasiado a Florencia; incluso él temía que, si Florencia se ponía firme y decidía ignorar a Juliana, perdería cualquier control que tenía sobre ella.
Después de pensarlo un momento, Facundo optó por ser más directo con Juliana:
—Juliana, sé que no te agrada, y, a decir verdad, no tendría por qué ponerte en esta situación. Pero Florencia ahora está casada con la familia Fuentes y, quieras o no, vamos a necesitar de su ayuda. Hazlo por mí, anda, ve y arréglalo con ella, ¿sí?
—¿Por qué tendríamos que depender de ella? ¿Acaso no está la empresa de mi papá bajo tu mando? Facundo, la familia Castillo no es menos que los Fuentes, no necesitamos nada de ella —replicó Juliana, cruzada de brazos.
El gesto de Facundo se endureció. La familia Castillo hacía tiempo que había dejado de estar al nivel de los Fuentes. Desde que él tomó el mando, todo había ido cuesta abajo y, si seguía así, en poco tiempo ni siquiera serían considerados de segunda categoría.
Aun así, no se atrevía a confesarle eso a Juliana. Ella confiaba ciegamente en él, pensaba que era invencible, y no estaba dispuesto a dejarle ver sus fracasos.
Juliana, notando el cambio en la expresión de Facundo, se acercó preocupada:
—Facundo, ¿te pasa algo? ¿Tuviste problemas en la empresa? Si quieres, yo puedo ayudarte. Antes yo manejaba el negocio con mi papá, sabes que puedes confiar en mí. Conmigo al frente, nada va a salir mal.
La mirada de Facundo se ensombreció, evaluando a Juliana. Ella lo miraba de vuelta, con esos ojos llenos de dependencia, como si él fuera el único pilar de su vida.
Poco a poco, Facundo empezó a dudar. Es cierto, él nunca fue bueno para manejar la empresa, pero Juliana sí. Siempre la prepararon para ser la sucesora de los Castillo. Además, ella confiaba tanto en él, que si la llevaba de la mano y la mantenía cerca, no habría nada que temer.
De repente Facundo sintió que recuperaba la confianza.
—Juliana, yo tampoco quería que te esforzaras tanto, pero la empresa sí anda con algunos problemas. No me queda de otra que pedirte ayuda.
—Yo feliz de ayudarte, Facundo. Tú déjame la empresa a mí y olvídate de Florencia. No la necesitamos —afirmó Juliana, decidida.

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