—Ahora que lo pienso, ja, ¿qué eso de genio caído en desgracia? Al final, solo resultó ser una farsante que se aprovecha de los demás.
Yago fulminó a Florencia con la mirada, temblando de coraje de pies a cabeza.
Cada palabra suya era como un dardo envenenado.
En la última fila, varios miembros de la banda empezaron a cuchichear. Las miradas que le lanzaban a Florencia destilaban desprecio.
—La vez pasada me preguntaba cómo una chava tan joven, sin haberse graduado de una universidad de música, ni siquiera trabajando en la industria, podía escribir una canción como “Espina”, tan llena de sentimiento. Ahora veo que solo la copió.
—Vaya descaro. En la última reunión, todos la elogiamos y ella bien tranquila, aceptando los halagos. Tiene nervios de acero, sí que le queda eso de tramposa.
—Nos desvelamos noches enteras ensayando esas canciones, ¿y ahora sale que todo fue en vano?
—Plagiadora, tiene que darnos la cara y explicarnos.
El ambiente se desbordó en un segundo, Florencia apretó con fuerza su bolsa, tratando de contener la rabia.
—Todavía no está decidido nada. ¿Y quién dice que los que tienen el currículum más bonito siempre van a brillar? Si me trajeron aquí, lo menos que pueden hacer es dejarme explicar.
—¿Explicar? ¿Qué explicación puedes dar? ¿Sabes el desastre que provocaste en la reputación del Grupo Guzmán? ¿Y Thi, sabes la carga que le echaste encima? —Yago volvió a alzar la voz.
El rostro de Florencia perdió todo color. Por dentro, sabía que esa canción la había compuesto nota por nota, que jamás plagió a nadie. Pero el escándalo ya había estallado, y el daño para Thiago era irremediable.
—Le pido que me dé un poco de tiempo. Voy a averiguar lo que pasó —afirmó Florencia, agarrándose a la última pizca de dignidad.
Yago estaba a punto de explotar otra vez, cuando Thiago intervino:
—Yo confío en Florencia. Ya escuché su música antes, y estoy seguro de que no es capaz de plagiar. Les pido a todos, por mí, que le den una oportunidad.
—¿De veras quieres cargar con esto, Thi? ¿Tienes idea de cuánta gente dentro del grupo ya está en tu contra? —Yago lo encaró.
—No es cuestión de cargar culpas, tío. Solo confío en ella —declaró Thiago, firme.
Gilda, que hasta entonces solo había observado, por fin dio un paso al frente.
—Papá, Florencia no es como crees. Yo también le creo. Por favor, denle una oportunidad —suplicó.
Al ver a los dos hermanos defenderla, Yago soltó un bufido y lanzó una última mirada cortante a Florencia antes de responder, de mala gana:
—Solo les doy tres días. Más les vale probar que no fue plagio. Si no, el desastre que estos días han traído para el Grupo Guzmán...
[Florencia, qué lástima que no viniste. No tienes idea, el concierto de Rafael estuvo brutal.]
[Te grabé unos videos. Escucha esta, se llama “Dolor”, ¿a poco no está increíble? Yo ni sé de música, pero hasta me puso la piel chinita.]
[Florencia, me acuerdo que antes tocabas el piano, ojalá pronto vengas a escuchar.]
Florencia ya no pudo seguir leyendo. Abrió el video que Luciana le mandó.
Enseguida la envolvió una explosión de rock. Después, la melodía bajó el ritmo, se volvió pesada, casi sofocante.
Florencia se llevó la mano al pecho, sentía un remolino de emociones. Miró fijamente la pantalla del celular, viendo a ese tipo en el escenario, desbordando arrogancia. Sus ojos brillaban de sarcasmo.
La segunda mitad de la canción era su Espina, sin lugar a dudas. Al principio le habían metido un rock medio forzado, la fusión no estaba mal, pero ya no tenía nada que ver con lo que ella quiso transmitir.
El teléfono seguía vibrando, Luciana no paraba de mandar mensajes, pero Florencia ya no quería saber nada.
Gilda, que había alcanzado a escuchar la música, le puso una mano en el hombro.
—Flor, cualquiera que entienda de música se da cuenta cuando una canción está pegada así, a la fuerza. No te preocupes, sabemos que no eres culpable. ¿Tienes alguna idea de por dónde empezar?

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