La presencia de Salvador imponía respeto. Cada gesto suyo traía consigo ese peso que solo los que han estado en la cima pueden cargar.
Las chicas, todas jovencitas, tragaban saliva y temblaban. En sus ojos se leía el nerviosismo, como si supieran que se habían metido con alguien de quien no podían salir bien libradas.
Ese hombre no era un cualquiera. Ninguna de ellas podía con él.
—¿Por qué todas tan calladitas? ¿Dónde quedó esa seguridad que tenían cuando enfrentaron a mi esposa? —preguntó Salvador, su voz tan firme como un muro.
—Nosotras…
—Lo que dijimos es cierto —se atrevió a murmurar una, sin resignarse—. Ella solo se aprovechó y le copió la canción a Rafa.
Salvador soltó una risa burlona, sin molestarse siquiera en disimular su desdén.
—¿Que mi esposa le copió a su hermano? ¿Y tú crees que él está a su altura? Mira, lo dejo claro: si tienen algún problema, vengan a buscarme al Grupo Fuentes. Pero dejen en paz a mi esposa.
Las chicas, que apenas si sabían de la vida y venían con todas sus ganas de defender a su ídolo, se miraron entre sí, inseguras. Al verse superadas, quisieron retirarse de inmediato.
—¿Ya se van? ¿Tan fácil? Si yo no hubiera llegado, ¿no pensaban aprovecharse de que eran varias para meterse con mi esposa? —aventó Salvador, sin permitirles escaparse tan rápido.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a pegarle a mujeres? —saltó otra, con voz retadora.
—No bajo a ese nivel. Solo quiero que le pidan perdón a mi esposa. ¿Entienden lo que digo? —su tono era tajante, sin dejar espacio a dudas.
El grupo, que ya se notaba inquieto, pareció revivir de pronto con esa palabra.
—¿Perdón? ¿Por qué? Si la que copió fue ella, la que debería disculparse es tu esposa.
—Eso, todo es culpa de esa mujer sin vergüenza. Por su culpa, Rafa tuvo un pésimo primer concierto después de regresar al país.
—Aunque seas su esposo, no nos harás hacer algo que va contra nuestra conciencia.
...
Las voces agudas retumbaban y lastimaban los oídos. Florencia sentía un zumbido en la cabeza, como si le taladraran los pensamientos. Con un hilo de voz, jaló la manga de Salvador.
—Salvador, ya déjalo —susurró, cansada.
Aunque lograra que se disculparan, no sería sincero. Y apenas se dieran la vuelta, seguro inventarían cosas peores para insultarla.
Sus dedos delgados, blancos como el azúcar, contrastaban con el negro del saco de Salvador.
Él notó algo raro en su voz y, sin dudar, llamó al gerente del hotel para que sacara a las chicas de ahí.
Al girarse, vio a su esposa, siempre tan digna, hecha un ovillo en la silla. Tenía la cabeza agachada y la melena oscura le cubría casi toda la cara.
El cuello, que normalmente llevaba erguido, ahora parecía a punto de quebrarse. Los hombros le temblaban apenas, como si estuviera a punto de romperse.
En ese momento, Florencia parecía una flor a punto de ser arrancada por el viento, tan frágil que daba ganas de abrazarla y protegerla de todo.

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