Gilda seguía esperando en el mismo lugar cuando vio salir a Florencia; sus ojos, llenos de preocupación, la escanearon de arriba abajo.
—Florencia, ¿estás bien? Hace rato vi al asistente de Salvador. ¿No te hizo nada? ¿No te metió en problemas?
Florencia negó con la cabeza, sin detenerse.
—Estoy bien, vámonos.
No parecía dispuesta a decir más, así que Gilda se contuvo de preguntar. Sin embargo, al bajar la mirada, notó que en la esquina del trofeo de Florencia aún quedaba una mancha de sangre fresca, tan roja que contrastaba con el brillo del metal.
...
La cena de la familia Vargas era un derroche de lujo, de esos que dejan claro a todos quién manda en el pueblo. Además de los tres primeros lugares de la competencia de piano y los jueces, la familia había invitado a bastantes figuras del mundo empresarial. Apenas cruzabas las puertas del hotel, te envolvía esa atmósfera de fiesta desbordante y ostentosa, donde el dinero y las apariencias lo eran todo.
Dentro del salón, Florencia volvió a ver a la jueza que antes le había preguntado por su pieza. Gilda, en voz baja, se la presentó:
—Esa es Sofía Peña, presidenta de la Asociación de Piano de Alicante. Estos años ha estado metida en el mundo del espectáculo, componiendo música para series y películas, y la verdad tiene fama de ser una genia para crear. Hoy te preguntó por tu obra; seguro le gustaste, deberías intentar acercarte.
Florencia asintió y justo estaba por ir a saludarla cuando una mujer vestida completamente de blanco se interpuso en su camino. Su voz, afilada y venenosa, la detuvo de golpe.
—¿Así que quieres hacerte amiga de Sofía? ¿Y con qué cara? ¿Vas a usar esa pieza que copiaste para impresionarla?
La mujer la miraba con descaro.
—Tú eres Florencia, ¿verdad? No te hagas, ya investigué todo sobre ti. ¿Y de qué te sirve tocar el piano bonito si tienes antecedentes de plagio? Si esta competencia revisara el historial de cada quien, ni de chiste habrías ganado.
Su voz destilaba veneno, tan aguda que era imposible ignorarla. A Florencia le resultaba familiar, probablemente una de las concursantes de esa tarde. Todas llevaban vestidos blancos, así que sin los números para distinguirlas, era difícil saber quién era exactamente.
No esperaba que, a pesar de estar tan lejos de casa, en Alicante ya se hablara de esa acusación de plagio. Era una mancha imposible de quitar, algo que la seguía donde fuera; siempre aparecía alguien dispuesto a recordárselo.
Florencia, sin embargo, ya estaba lista para enfrentar cualquier cosa. Miró fijamente los ojos burlones de la otra y, con una sonrisa relajada, soltó:
—Tiene razón, señorita. Menos mal que aquí no revisan la “raza” de los invitados, porque si no, usted no habría entrado a morder a nadie.

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