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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 228

—¿Y eso en qué se diferencia de la violencia familiar?

Edna, furiosa, levantó la mano con la intención de golpear a Salvador, pero él la detuvo con agilidad. Su mirada, cortante, recorrió a Edna de arriba abajo.

—Señorita Lozano, ubíquese. Esto es un asunto entre Flor y yo.

Salvador aceptaba los gritos y los reclamos de Florencia. Solo de ella.

El simple hecho de escuchar a Salvador llamar a Florencia de manera tan cercana le revolvía el estómago a Edna, pero sobre todo, le parecía absurdo.

Florencia la tomó del brazo y le dijo en voz baja:

—Vámonos, Ednita. Mejor regresemos a casa.

Meterse más con Salvador no les traería nada bueno.

Las cosas con su abuelo ya estaban resueltas; lo único que esperaba Florencia era terminar el divorcio.

Pero Salvador no pensaba dejarla ir tan fácil. Por cada paso que Florencia daba, él la seguía pegado a sus talones, como si fuera un chicle imposible de quitar. Edna, que ya estaba de malas, sentía cómo la paciencia se le acababa.

En ese momento, Tamara salió del cuarto de hospital y llamó a Salvador.

—Salvador, tu abuelo te está buscando.

Salvador entendía perfectamente: su abuelo ya había decidido no apoyarlo, y ahora solo intentaba evitar que siguiera acosando a Florencia.

Flor era su esposa. Su matrimonio era cosa de ellos dos. ¿Por qué dejar que otra persona se metiera?

Aun así, Salvador se quedó donde estaba, sin moverse ni un centímetro.

Desde el cuarto, la voz del abuelo retumbó con fuerza:

—¡Salvador! Si todavía te consideras parte de la familia Fuentes, ¡entra inmediatamente!

Esta vez, el abuelo sí estaba enojado de verdad. Se escuchaban ruidos de cosas cayendo y golpes desde dentro.

Salvador dudó por un segundo. Su mano, que intentaba detener la puerta del elevador, se quedó rígida. Florencia aprovechó para oprimir el botón de cerrar puerta.

...

Al salir del hospital, Florencia vio de lejos a Gilda. La joven caminaba tan rápido que, al cruzarse, ni se notaron. En un instante, Gilda desapareció entre la multitud.

Edna también la reconoció y murmuró:

—¿No es esa la hija mayor de la familia Guzmán? ¿Qué hace aquí…?

Florencia sospechaba que buscaba a Oliver. Pero como no era asunto suyo, prefirió no comentar nada.

Después, Florencia y Edna fueron a comer. Terminando, Florencia no volvió a Jardines de Esmeralda, sino que se dirigió a su antiguo departamento.

El lugar, abandonado por tanto tiempo, se sentía solitario y olía a polvo.

—¿De verdad te parece gracioso? Salvador, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? No importa lo que hagas, no voy a cambiar de opinión. Mejor usa tu tiempo en pensar cómo vas a enfrentarte a Oliver.

Salvador, de pie en la cocina, se detuvo un momento. Su voz, algo áspera, tembló apenas.

—No pasa nada, Flor. Yo quiero cuidarte.

¿Cuidar?

Por dentro, Florencia soltó una carcajada amarga. Estaba a punto de responder cuando escucharon que alguien tocaba la puerta. Era Noah, con las manos llenas de verduras frescas.

Al entrar, Noah notó el olor a polvo y preguntó:

—¿Quiere que llame a una señora para que venga a limpiar?

Noah conocía bien a Florencia. Sabía que antes de casarse con Salvador, ella ni siquiera se preparaba un vaso de jugo. Y durante su matrimonio, Salvador nunca la hacía encargarse de nada en la casa.

Una mujer tan acostumbrada a la comodidad, ahora viviendo sola… resultaba evidente que no sabía cómo arreglárselas.

Salvador contestó antes de que Florencia pudiera decir algo.

—No hace falta. Yo me encargo de limpiar. Ya no tienes nada que hacer aquí, Noah. Puedes irte.

Florencia vio cómo Salvador, como si nada, se puso el delantal y empezó a alistarse para cocinar. Ella soltó una risa burlona.

—¿Te parece que eso tiene sentido, Salvador? Si quiero comida, puedo pedirle a un chef; si quiero limpiar, puedo contratar a alguien. ¿De verdad crees que eres indispensable aquí? Hazme el favor y lárgate, ¿quieres?

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