Florencia permaneció sentada en el piso otros cinco minutos más, esperando a que el temblor en sus piernas se calmara. Al fin, se apoyó en la mesa y se puso de pie, tambaleándose un poco.
Al salir de la sala de juntas, notó cómo los empleados del Grupo Fuentes la evitaban a toda costa. Algunos apenas le murmuraban un —Buenas tardes, señora— y enseguida se escabullían por el pasillo. Otros ni siquiera se molestaban en saludarla.
Florencia lo entendía bien: la actitud de todos hacia ella, la “señora Fuentes”, dependía por completo de Salvador.
La escena de hace un rato, con Salvador abrazando a Martina frente a todos sin ningún reparo, le dejó claro que había más de uno esperando el momento en que ella cediera su lugar.
Y eso era justo lo que Florencia quería: marcharse de una vez. Pero…
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Al salir, detuvo un taxi frente al edificio y subió sin mirar atrás.
...
Cuando llegó al hospital, Edna ya la esperaba en la entrada con una taza de chocolate caliente para llevar.
Al verla, Edna se apresuró a ofrecerle la bebida.
—Toma, Flor, bebe un poco para que no te caiga pesado el estómago. Tú siempre has tenido problemas desde niña, y ahora con el embarazo, ¿cómo es que sigues sin cuidarte?
Florencia no pensaba que fuera para tanto. Pero al escuchar la voz de Edna, una ola de tristeza la invadió. Abrazó a su amiga, apretándose fuerte en su pecho.
—Ednita, ya solo te tengo a ti.
Su voz salió entrecortada, como si las palabras se le atoraran en la garganta.
Edna le acarició la espalda con delicadeza. Esperó a que Florencia se desahogara un poco antes de acompañarla a sentarse en una banca cercana.
—Quédate aquí un ratito, yo voy a sacar tu ficha —le dijo con suavidad.
Florencia asintió, mirando al piso. Sus ojos seguían llenos de lágrimas, y sus pestañas se veían como si fueran de cristal, tan frágil y vulnerable como una muñeca de vidrio.
“Mi Flor siempre ha sido demasiado buena. Por eso cualquiera se aprovecha de ella”, pensó Edna, impotente.
...
El hospital estaba lleno ese día. Edna tardó bastante en regresar, y Florencia se quedó sola en la sala de espera. Al levantar la mirada, vio a Salvador salir del elevador, sosteniendo a Martina por la cintura. Ella se apoyaba en él, y ambos conversaban en voz baja, muy juntos. Salvador hasta mantenía la espalda un poco inclinada hacia Martina.
Los ojos de Florencia se llenaron de un ardor incómodo.
Temiendo perder el control y armar un escándalo, bajó la cabeza y escondió el rostro entre las manos.
Edna regresó en ese momento, notando enseguida el estado de Florencia. Le puso una mano en el hombro, preocupada.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
—Ednita, no quiero regresar a casa —murmuró Florencia, apenas audible.
Ni el departamento de Jardines de Esmeralda, ni la vieja casa de los Fuentes; ambos lugares eran como bestias esperando devorarla de un solo bocado.
La vida amarrada a ese matrimonio, como una cuerda que no se podía cortar, terminaba por asfixiarla.
De pronto, Florencia sintió miedo. Sabía que huir no era la solución más valiente, pero no podía volver.
—Vente a mi casa —le propuso Edna, sin dudarlo.


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