Salvador no volvió a moverse sobre Florencia, pero tampoco quitó la mano que tenía apoyada en su cintura.
Florencia se dio la vuelta, ahora dándole la espalda.
Estaba agotada, sin ganas de discutir más con Salvador.
En la oscuridad, Salvador se acercó un poco más.
No se detuvo hasta que ambos cuerpos quedaron pegados, sin dejar espacio entre ellos. Sin embargo, no avanzó más allá de eso.
Aun así, sus ojos mostraban una sombra extraña, como niebla espesa en la noche, amenazando con envolver a Florencia por completo.
...
Cuando Florencia despertó al día siguiente, Salvador seguía ahí, algo inusual. Conservaba casi la misma postura de la noche anterior.
Su mano libre jugaba con los mechones sueltos del cabello de Florencia.
El aroma de Salvador la rodeaba. Florencia, que aún tenía la mirada somnolienta, se despejó de inmediato.
Sin esperar a que ella dijera algo, Salvador habló:
—Arréglate y baja a desayunar. Te espero abajo.
Florencia se sorprendió al bajar y encontrarlo sentado en la mesa del comedor.
No parecía tener prisa por irse a la oficina, ni alguien lo estaba llamando a toda prisa. Simplemente estaba ahí, tranquilo, mirando hacia la escalera, esperándola.
Por un momento, Florencia sintió que eran una pareja cualquiera. Se levantaban juntos, desayunaban, se decían buenos días.
Pero ese momento duró poco. Se le escapó una sonrisa irónica.
Las palabras de la noche todavía le resonaban en los oídos. En vez de creer que Salvador había cambiado, prefería pensar que estaba fingiendo para conquistarla y así asegurar la herencia, tratando de ablandar el corazón de la "señora Fuentes".
Al sentarse, Florencia notó que la típica taza de leche caliente frente a ella había sido reemplazada por una bebida de soya con dátiles.
Incluso el desayuno incluía cosas como hígado de cerdo, todo para combatir la anemia.
Salvador comentó:
—Ayer dijiste que tenías anemia, así que le pedí a Emilia que preparara esto para ti. Es mejor evitar tanto medicamento. Pedí que te hicieran una dieta especial, tú…
—Tan detallista y considerado, ¿debería conmoveme, señor Fuentes? —lo interrumpió Florencia.
Salvador le parecía cada vez más inexplicable.
Después de lo que se dijeron la noche anterior, con la verdad ya al descubierto, ella entendía perfectamente en qué situación estaba su matrimonio.
¿No deberían comportarse como completos desconocidos bajo el mismo techo?
Aquí no había nadie más, ¿para quién fingía ser un esposo tan atento?
—Piensa lo que quieras de mí. Al final, tu salud es tuya. Es algo sencillo de entender, ¿no crees? —espetó Salvador.
Florencia apartó el tazón, alejándolo un poco más de él.


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