Edna ya no podía más con la situación, así que al final le pidió a Jimena que fuera por Florencia al hospital para darle de alta.
Esta vez, Florencia se fue directo a vivir a su propio departamento, el que había comprado tiempo atrás.
Jimena, siempre atenta, le llevó varias mudas de ropa limpia para que pudiera cambiarse.
La joven seguía siendo la misma de antes, llena de energía, como si nada pudiera tumbarla.
—Flor, ya pasé la primera ronda del casting, cada vez estoy más cerca de entrar a Entretenimiento Guzmán.
Al parecer, si logro entrar al Grupo Guzmán, podré recibir consejos de Gilda. No sé si tendré esa suerte, pero ojalá sí.
—Claro que sí, estoy segura de que lo lograrás —le respondió Florencia para animarla.
Los ojos de Jimena brillaron como si en ese instante todo su futuro se le abriera de par en par.
—¿De verdad crees que tengo lo necesario, Flor? Te lo prometo, solo porque confías en mí, el día que vea a Gilda te consigo un autógrafo.
Florencia solo le sonrió, una sonrisa serena y cálida. La risa de Jimena era como un rayo de sol en pleno invierno, derritiendo la escarcha que cubría el corazón de Florencia.
Florencia recordaba cómo antes, cuando ella perseguía sus sueños, también tenía ese brillo tan vivo, tan lleno de ganas de vivir, igual que Jimena.
Pero esa vitalidad se fue apagando el día que su abuelo murió. Todo se vino abajo de golpe: los sueños pasaron a segundo plano y hasta ella misma se volvió invisible para el mundo.
Florencia le dedicó unas palabras de aliento a Jimena antes de que se despidiera. Ya era de noche cuando Jimena por fin se fue.
La próxima competencia de Jimena era en tres días. Antes de irse, le preguntó a Florencia si podía ir a verla.
Florencia no le dio una respuesta inmediata; solo le dijo que lo pensaría.
No había pasado mucho tiempo desde que Jimena se fue cuando Florencia recibió otra llamada de Salvador.
Últimamente, él le llamaba siete u ocho veces al día. Algunas veces también entraban llamadas desde la casa familiar, pero Florencia nunca contestaba ninguna.
Esa noche no fue la excepción.
Salvador ya se estaba acostumbrando al silencio: dejaba que el tono sonara hasta cortarse solo, y luego le mandaba mensajes.
[Flor, ¿puedes prestarme atención, por favor?]
A Florencia le daba risa esa insistencia absurda.
Pensó que Salvador, de tanto fingir ser el gran enamorado, terminó creyéndose su propio cuento.
Florencia apenas aventó el celular al sillón cuando otra vez empezó a sonar. Ahora era Facundo.
El detective privado ya le había mandado información sobre la familia Villar: la situación del Grupo Villar era peor de lo que Florencia se imaginaba. Facundo llevaba meses tapando hoyos, moviendo dinero de un lado a otro solo para mantenerlo todo en pie.
Si ahora la llamaba, seguro era porque ya no podía más y necesitaba dinero otra vez.
Florencia contestó. Tal como esperaba, Facundo empezó hablando de la niña.
Ya no tenía ánimo para fingir nada. Le soltó sin rodeos:
—Estoy aquí para llevarme a mi mamá.
—¿De verdad? ¿Tan segura estás de que tu mamá está aquí? —le contestó Facundo, con un tono viscoso y siniestro.
A Florencia se le revolvió el estómago. Algo le decía que algo andaba mal.
—¿A qué te refieres? —le preguntó, sin esconder su inquietud.
—Lo que oíste, Flor. ¿En serio crees que tu papá iba a ponértelo fácil? Si fuera así de sencillo que encontraras a tu mamá, ¿a quién le pediría dinero después? —contestó Facundo con descaro.
No se molestó en ocultar su codicia. Caminó hacia ella, con una expresión tan desagradable que a Florencia le dieron ganas de salir corriendo.
—Siempre igual, nunca aprendes. Tu papá quiere hablar contigo, pero tú siempre terminas haciéndolo difícil. Me obligaste a engañarte para que vinieras.
Florencia frunció el ceño, cada gesto de Facundo la asqueaba más.
—¿Entonces mi mamá no está aquí?
Facundo se encogió de hombros.
—Ve a buscarla, si quieres. Pero ya sabes, aunque la encuentres, tal vez ni siquiera quiera irse contigo.
Te propongo un trato: si consigues las acciones que Joel te prometió, yo convenzo a tu mamá de que se vaya contigo.

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