Johana apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas. Sintió que la sangre se le helaba.
—Mamá, ¿cómo que no me meta? ¡Es ella la que me robó al novio!
Irene torció la boca con desdén.
—Simplemente tú y Camilo no estaban destinados. Cuando algo es realmente tuyo, nadie te lo puede quitar...
Aunque a Fabián le dolía un poco ver a su hija mayor en esa situación, dejó escapar un suspiro y dijo:
—Johana, es cierto que tu hermana hizo mal, pero las cosas ya están hechas. Termina con Camilo. Si la gente se entera de que dos hermanas se están peleando por el mismo hombre, seremos el hazmerreír del vecindario...
Irene aprovechó para rematar:
—¡Tú eres la mayor! Deberías ser más madura y cederle el lugar a tu hermana.
Ahí estaba. La maldita frase de siempre.
Desde que tenía memoria, a Johana le habían lavado el cerebro con esa misma cantaleta.
Y hasta el día de hoy, siempre había obedecido.
Incluso Diego, el hermano menor, salió de su cuarto frotándose los ojos, fastidiado por el ruido.
—¿Por qué tanto grito? Camilo lleva meses con Zoe. Ya supéralo, hermana. Camilo no te quiere, deja de arrastrarte por él...
Diego era el hermano gemelo de Zoe, ambos de veinte años.
No había logrado entrar a la universidad y se la pasaba de vago en la casa.
Como se quedaba jugando videojuegos hasta la madrugada, hacía tiempo que sabía del amorío entre Camilo y su hermana.
Pero como Camilo le daba dinero para comprar cosas en sus juegos, había decidido hacerse de la vista gorda.
En el fondo, Diego entendía a Camilo.
Su hermana mayor siempre estaba tensa y amargada, mientras que Zoe era dulce y complaciente. Era obvio a quién preferiría un hombre.
Al ver que ni siquiera su hermano se ponía de su lado, Johana soltó una carcajada amarga.
Esta era la familia por la que lo había dado todo... estos eran los hermanos a los que había cuidado desde niños.
Con una mirada gélida, observó al par de sinvergüenzas en la cama.
—Tranquilos, no voy a rogarle a nadie. Un poco hombre como él solo se lo queda una idiota desesperada como Zoe.
—¡Espero que ustedes dos, par de descarados, se queden juntos para siempre y no arruinen la vida de nadie más!
Sin agregar una palabra más, Johana dio media vuelta y salió de ahí. Sentía que si los miraba un segundo más, vomitaría de asco.


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