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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 100

Gisela pensaba.

¿Y esto qué significa?

Anoche la obligaron a beber diez vasos de licor fuerte, y ahora esto.

¿De qué se trata? ¿Primero te dan una cachetada y luego te regalan un dulce?

Apenas cayó la palabra “amante”, Nelson se quedó callado por un momento. Luego se apartó de ella, llevándose consigo ese olor a pino tan característico.

Gisela apretó la taza entre sus manos y se encogió bajo las cobijas.

La voz grave de Nelson atravesó la tela.

—¿Quién te ve como la otra?

Gisela soltó una risa cortante y le contestó sin rodeos:

—Ojalá tú y la señorita Romina tengan muchos hijos pronto.

Siguió con la cabeza cubierta, sin ver nada de lo que pasaba fuera de las sábanas.

No escuchó respuesta de Nelson, solo el sonido de sus pasos alejándose y, al final, una frase que quedó flotando en el aire.

—No te olvides de tomar la sopa de pollo.

Solo cuando escuchó la puerta de la habitación abrirse y cerrarse, Gisela salió de debajo de la cobija.

Con cuidado de no mover la mano izquierda, que seguía conectada al suero, se incorporó y su mirada se fijó en la sopa de pollo que todavía humeaba sobre la mesita de noche.

Apenas sintió de nuevo ese olor grasoso de la sopa, el estómago se le revolvió.

Arrugó el entrecejo y se bajó de la cama. Tomó el termo, y justo cuando iba entrando al baño, Delia regresó acompañada de su fiel seguidora.

Delia la vio de espaldas y, sorprendida, exclamó:

—¿Por qué te bajaste de la cama?

Gisela no volteó, solo respondió en voz baja:

—Tampoco estoy tan débil.

Los pasos de Delia se acercaron despacio, y ella asomó la cabeza por detrás.

—¿Vas a tirar la sopa? ¿No piensas tomarla?

La mano de Gisela se detuvo en el aire. Giró y le respondió con seriedad:

—Ese olor me provoca náusea, ni siquiera puedo probarla.

—Vámonos.

Desde lejos, Gisela alcanzó a ver la mirada dura y cortante de Nelson, tan fría como el acero.

Ese mismo día, en cuanto terminó el suero, Gisela salió del hospital. Fue Delia quien la llevó de vuelta a casa.

Cuando llegaron al edificio viejo y descuidado donde vivía Gisela, Delia no pudo ocultar su sorpresa.

—Pensé que ustedes, las niñas bien, vivían en casas enormes, ¿cómo es que…?

De pronto, Delia se quedó callada, como si recordara algo.

La historia de cómo la familia Tovar había echado a Gisela era bien conocida en la ciudad, y más aún entre quienes estudiaban con ella.

—Bueno… eh, ya sube, yo solo te acompaño hasta aquí.

—Está bien —contestó Gisela.

...

Al día siguiente, cuando llegó a la escuela, la maestra solo les preguntó a ella, Delia y las demás sobre su ausencia una o dos veces. Ni siquiera insistió, como si no quisiera meterse en problemas.

Gisela pensaba que lo que había pasado en el antro no se iba a saber, porque Delia ya les había advertido a sus seguidoras que no dijeran nada afuera.

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