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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 104

Al contestar la llamada, Gisela fingió estar tranquila y saludó:

—Señor Nelson, ¿qué se le ofrece?

La voz de Nelson, tan grave y profunda como siempre, esta vez llevaba un matiz de alegría, probablemente porque hoy iban a anunciar el compromiso. Su tono, normalmente sereno, ahora sonaba como el eco suave de un violonchelo.

—Mi abuelo dice que no quieres venir.

Gisela se enderezó poco a poco en el sillón.

—¿Cómo dices?

Nelson respondió con voz firme:

—Tienes que ir.

Aunque Gisela quería ir, el tono tan tajante de Nelson le empezó a poner de malas.

—Dime dónde estás, yo paso por ti.

—En mi departamento —respondió ella, sin ganas de discutir.

Antes de colgar, Nelson le advirtió:

—Llego en media hora. No te vayas a ningún lado.

Apenas terminó la llamada, Aitana se acercó, masajeándole los hombros.

—No te olvides, tienes que pedir que te devuelvan ese dinero. Es lo último que te dejó tu papá, no lo puedes dejar así.

Gisela dudó un momento, pero acabó sacando de lo más profundo de su armario el anillo de jade.

Ese sí era un recuerdo verdadero de su padre. Con esto en la mano, seguro la familia Tovar no podría hacerse la desentendida.

Aitana la siguió, mirando con curiosidad.

—¿No que eso se había quebrado? ¿Cuándo lo mandaste arreglar?

Gisela parpadeó despacio, confundida.

—¿No lo llevaste tú a que lo arreglaran?

—¿Yo? ¿No fuiste tú? Yo ni siquiera sé dónde arreglan esas cosas.

El entrecejo de Gisela se frunció.

—Entonces, ¿quién lo arregló?

Durante el camino, reinó el silencio. Nadie tenía ganas de platicar, y el carro avanzó tranquilo hasta llegar a la entrada de la mansión.

Ahí ya se había reunido un buen grupo de personas. Todos conversaban animados, el ambiente vibraba de emoción.

Gisela bajó del carro vestida con su camiseta sencilla y jeans, y por unos segundos, la conversación se apagó. Todos se quedaron mirándola.

La mayoría llevaba vestidos elegantes y trajes impecables, arreglados hasta el último detalle. Incluso las empleadas del lugar se habían puesto uniformes más elegantes para la ocasión.

Gisela, en cambio, parecía fuera de lugar.

—¿Y esa qué hace aquí?

—¿Por qué viene Gisela vestida así?

No muy lejos, Romina se acercó, levantando con gracia la falda de su vestido de tela brillante. Caminaba con elegancia y una sonrisa dulce.

—Nelson, Gisela, qué bueno que llegaron. El abuelo lleva rato esperándolos.

Esta vez, Romina no se puso al lado de Nelson, sino que caminó hasta quedar junto a Gisela.

Antes, cada vez que estaban juntas, Romina se colgaba del brazo de Nelson, como si necesitara mostrarle a Gisela la cercanía entre ellos.

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