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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 112

Arturo, que había estado callado todo el tiempo, se acercó. Sus ojos opacos y llenos de años se clavaron en Gisela, ejerciendo una presión silenciosa, y su voz, aunque gastada por la edad, no dejaba espacio para la negociación.

—Tienes que quedarte. Yo no te di permiso para irte.

Gisela esbozó una sonrisa irónica.

—¿Qué pasa? ¿Ahora la mansión Tovar es como un barco pirata? ¿Nomás se puede subir, pero no bajarse?

Eliana, molesta, soltó:

—Abuelo, ¿para qué quieres que ella se quede? Ni siquiera es parte de la familia Tovar.

Arturo no respondió. Siguió mirando a Gisela con ese gesto impasible durante varios segundos, luego simplemente se dio la vuelta y se alejó.

En cuanto desapareció, el mayordomo se acercó. Su rostro parecía tallado en piedra, y su tono era tan rígido como una orden.

—Le ruego, señorita Gisela, que regrese a su habitación y espere.

Gisela miró a los empleados de la mansión Tovar que la rodeaban poco a poco. Su expresión se volvió aún más distante, la paciencia agotada.

De espaldas, se fue sin decir nada. Mientras avanzaba, algunas señoras de la alta sociedad no perdieron la oportunidad de lanzarle cumplidos a Romina.

—Si Gisela tuviera aunque sea una pizca de la nobleza de la señorita Romina, no estaría en este lío. Todo el mundo sabe que la familia Tovar es la más decente; si Arturo la echó, por algo será.

Por dentro, Gisela solo pensó, con una mueca amarga, que tenían razón.

Ella no era una buena persona.

...

Gisela pasó dos, casi tres horas encerrada en la habitación. Comió la comida que los empleados de la mansión Tovar le llevaron, sin poner un pie fuera.

A pesar de lo incómodo del día, al menos había conseguido lo que quería.

Una hora antes, Nelson ya le había depositado esos cinco millones en su cuenta.

Al ver el saldo bancario, la pesadez en el pecho de Gisela se fue disipando.

Lo que no esperaba era que fuera Nelson quien viniera a buscarla para que bajara.

Al abrir la puerta, se quedó un instante sorprendida.

Fue a buscar un rincón solitario. Allí se quedó, entretenida con los postres que la mansión Tovar había preparado para los invitados, comiendo sin pausa, llenándose las mejillas de dulces.

—¡Gisela, Gisela!

La voz, suave y casi susurrada, le llegó de repente. Gisela, con la boca llena y las mejillas infladas, apenas pudo masticar y tragar de prisa.

Levantó la vista y, con el sol atravesando el ventanal del salón, miró al joven mesero que se inclinaba hacia ella. Entrecerró los ojos, tratando de reconocerlo.

—¿Tú eres…?

Recordaba que la familia Tovar había contratado meseros externos solo para este evento. El muchacho le parecía familiar, pero no lograba ubicarlo.

El mesero bajó la voz.

—Soy yo. Aquella vez en el club nocturno, ¿te acuerdas? Yo fui el que te avisó que Delia estaba atrapada con Joaquín. Óscar.

Al oírlo, Gisela lo reconoció. Este chico había sido quien le contó sobre el problema de Delia en el antro, aquel compañero de la escuela.

Gisela se quedó observando su cara, tratando de recordar más detalles.

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