En su vida pasada, la mayoría de los compañeros de Delia en la preparatoria terminaron uniéndose a su aventura empresarial. Gisela los recordaba vagamente, pero había caras que no le eran familiares.
Sin embargo, el joven que tenía frente a ella, Óscar, no le sonaba de nada. Nunca lo había visto en el equipo de Delia.
No le dio demasiada importancia y, para romper el hielo, le lanzó una pregunta casual:
—¿Tú también estás aquí por el trabajo de medio tiempo? ¿Cuánto te pagan al día?
Óscar le regaló una sonrisa de esas que delatan satisfacción.
—La familia Tovar y todos estos invitados son bien generosos. Solo de propinas ya llevo más de mil pesos.
Gisela abrió los ojos de par en par, incrédula.
—¿Cuánto dijiste? ¿Mil?
Óscar negó moviendo un dedo y, acto seguido, levantó dos más.
—No, son tres mil.
De pronto, a Gisela el postre que tenía en la mano ya no le supo a nada.
Por un segundo, hasta pensó en ir corriendo con Nelson para rogarle que le diera trabajo de mesera.
Óscar echó una mirada nerviosa a los costados y bajó la voz, como si estuviera a punto de revelar un secreto.
—Ya, mejor no digo más. Tengo que seguir trabajando.
Gisela asintió con resignación, como si le acabaran de quitar un caramelo.
Bajó la cabeza, pero entonces escuchó acercarse unos pasos firmes, seguros, que reconocía con solo oírlos.
No necesitaba levantar la vista para saber de quién se trataba.
Nelson apareció y, sin decir nada, le tomó de la muñeca para ayudarla a ponerse de pie.
—¿Qué haces aquí agachada? ¿En qué andas pensando? —preguntó, sin soltarle la mano.
Gisela se metió otro bocado de postre y soltó una risita cargada de ironía.
—¿A ti qué te importa? Hoy es tu fiesta de compromiso, deberías estar con tu prometida, no aquí buscándome.
Nelson la miró con una intensidad oscura en los ojos.
—Romina quiere que te sientes en la mesa principal. Ve de una vez.
A Gisela casi se le cae el postre de la sorpresa.
Esa voz…
Era la de Romina.
Cuando llegó al sitio, se encontró con una escena que le revolvió el estómago: Nelson tenía a Romina apretada contra su pecho, la rodeaba con el brazo mientras le cubría la cabeza con la mano, como si quisiera esconderla del mundo, como si todo a su alrededor fuera una amenaza.
La cara de Nelson era la viva imagen de la tormenta. Sus labios apretados y los ojos tan oscuros que daban miedo. Romina, en sus brazos, sollozaba bajito, sujetando la camisa de Nelson como si fuera su única tabla de salvación.
—Nelson… tengo miedo…
Gisela alzó la mirada y se topó con los ojos de Nelson. Era la misma mirada que recordaba de su vida pasada: dura, cortante, tan distante y llena de desprecio que le heló la sangre.
El corazón le dio un vuelco. Sin pensarlo, siguió la dirección de la mirada de Nelson hacia el hombre que lloraba tirado en el suelo.
Sus pupilas se agrandaron por el asombro.
Era Óscar, el mismo que hacía apenas unos minutos platicaba con ella.
La voz de Nelson se dejó oír encima de su cabeza, ronca y llena de rabia contenida.
—Gisela, ¿qué tienes que decir al respecto?

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