—Gisela, puedo ver que tienes muchas cosas guardadas en el corazón —dijo Sara con voz suave—. Si no te molesta, cuéntale a la gente que tienes cerca. No te guardes todo, porque eso termina dañando el cuerpo.
Gisela había imaginado muchas razones por las que Sara querría hablarle, pero jamás pensó que le diría eso. Se quedó un poco desconcertada, sin saber qué responder.
Por un momento, el silencio se quedó flotando en el aire.
Sara le dio una palmada en el hombro y suspiró.
—Descansa bien. Me voy por ahora, pero cualquier cosa, solo grita...
De pronto, una voz la interrumpió.
—Con que me llame a mí, es suficiente.
Una mujer de mediana edad, vestida de manera sencilla, entró al cuarto cargando dos termos plateados. Su sonrisa era cálida, casi maternal.
Gisela la miró, algo descolocada.
—¿Y tú eres...?
La mujer se acercó, puso los termos sobre la mesita de noche y empezó a destaparlos mientras respondía:
—Soy Carolina, la enfermera que el señor Nelson contrató para cuidarla, señorita Gisela. Así me puede llamar, Carolina. Durante este tiempo, vendré todos los días y le prepararé comidas y sopas nutritivas según lo que su cuerpo necesite.
¿Nelson?
Gisela frunció el ceño.
Carolina abrió los termos. El aroma llenó la habitación: un plato bien servido y humeante de arroz con verduras y pollo, junto con una sopa de pollo burbujeante, todo con una pinta tan apetecible que abría el apetito hasta al más desganado.
Carolina le acercó el tenedor y le sonrió con dulzura.
—Señorita Gisela, aproveche mientras está caliente. Si se enfría, ya no sabrá igual.
Gisela apartó la cara y no tomó el tenedor. Su voz sonó distante, casi cortante:
—No, gracias. Llévatelo, por favor. Y dile a Nelson que no necesito que me consiga una enfermera.
La sonrisa de Carolina se desvaneció. Bajó el tenedor, visiblemente nerviosa, y empezó a frotarse las manos sobre la falda.
—¿Acaso hice algo mal? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿No le gustó la comida? Si quiere, puedo regresar a preparar otra cosa...
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