El director del hospital arrugó la frente mientras observaba por un rato la quemadura del niño. Después de unos segundos, con esos ojos astutos que no dejaban pasar nada, miró a la mujer y soltó:
—La quemadura sí está bastante grave. Mejor hablemos directamente de la compensación.
La expresión de la mujer cambió de inmediato; apretó los labios y envolvió al niño en un abrazo lleno de angustia.
—Efraín, mi amor, mamá va a defenderte. No dejaré que te hagan pasar por esto.
El niño, con el labio inferior temblando, asintió.
—Está bien.
Una enfermera, desconcertada por la situación, no pudo evitar exclamar:
—¿Cómo puede ser? Director, esta quemadura no es…
El director la fulminó con la mirada.
—¿Tú eres Kira, la del área de ortopedia?
La enfermera asintió, insegura.
—Sí, soy yo.
La voz del director se volvió más dura.
—Tus conocimientos no son lo suficientemente sólidos. Cuando regreses, le pediré a la jefa de enfermeras que te dé unas buenas lecciones.
El rostro de la enfermera perdió el color. Apretó los puños sobre la tela de su uniforme, mirando con impotencia a los presentes.
—Pero… director, esta quemadura en realidad…
El director la interrumpió de inmediato, lanzándole una mirada cortante.
—¿Quién es el director aquí, tú o yo?
La enfermera bajó la cabeza, resignada.
—Entendido, director.
La mujer, sintiéndose respaldada como nunca, levantó la barbilla con aire triunfante.
—No solo fue culpa de esta enfermera, también de la que anda en silla de ruedas. ¡Tú fuiste la que lastimó a mi hijo! Ahora que el director ya habló, no vas a poder escaparte. Así que más te vale pagar los gastos médicos. Además, mi hijo está en la escuela; si por su quemadura no puede ir, también tienes que hacerte responsable. Y yo trabajo, ¿eh? Si por cuidar a mi hijo no puedo ir a trabajar, también tienes que pagarme lo que deje de ganar.
El niño, contagiado por el ambiente, le sacó la lengua a Gisela y se burló:
—¡Eres mala! ¡Paga ya!
Gisela los miró con desdén, maniobrando la silla de ruedas para marcharse. No tenía sentido perder el tiempo discutiendo con gente así.
Pero la mujer, confiada por el apoyo de su tío, el director, ya no tenía ningún freno. De pronto, agarró la muñeca de Gisela y la jaló con fuerza, tirándola de la silla al suelo sin ningún miramiento.
En cuanto sintió la mano de la mujer, Gisela intentó zafarse, pero olvidó el dolor de su tobillo izquierdo lesionado. Al mínimo movimiento, el dolor la atravesó como un cuchillo, dejándola sin fuerzas. La mujer, más fuerte que ella, la arrastró y en cuestión de segundos Gisela acabó en el suelo, cayendo de costado.
El golpe la hizo caer sobre el lado izquierdo, con toda su humanidad aplastando la pierna y el tobillo heridos. El dolor era tan agudo que la dejó sin color en el rostro, apenas respirando.
La mujer no mostró ni un poco de compasión. Al ver la cara pálida de Gisela, solo se burló y, sin detenerse, la agarró del cuello del pijama del hospital, levantando su torso del suelo.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza