Gisela respiró hondo, apoyó las palmas en el suelo y, con esfuerzo, levantó la parte superior de su cuerpo. Se acomodó la blusa, que se había subido, cubriendo su cintura delgada, y luego, con cautela, se impulsó para ponerse de pie.
Nelson solo observaba, sin decir una palabra. Sin embargo, la intensidad en sus ojos hacía que el señor Facundo bajara aún más la cabeza, casi como si quisiera desaparecer.
El señor Facundo se giró de nuevo, apurando:
—¿Qué esperas? Ayúdala a ponerse de pie, vamos.
La mujer, al ver de cerca el rostro atractivo del recién llegado, su traje de evidente buena calidad y el reloj costoso que llevaba en la muñeca, no pudo evitar apretar con más fuerza la mano de su hijo. Su corazón empezó a latir más rápido y sintió cómo se le teñían las mejillas.
Había pasado los últimos años criando sola a su hijo tras divorciarse de su exesposo. Aunque no le faltaron pretendientes, ninguno le gustó lo suficiente como para volver a casarse.
Pero el hombre frente a ella no solo era bien parecido, sino que además lucía exitoso y seguro de sí mismo. Sin poder evitarlo, le surgió la esperanza de llamar su atención, aunque la mujer a su lado también destacaba por su belleza. Pero eso no importaba tanto; lo importante era que el hombre la notara.
Al escuchar la voz del señor Facundo, la mujer se acercó moviendo la cadera de manera exagerada y ayudó a Gisela a levantarse del suelo, acomodándola en la silla de ruedas.
En el instante en que la mujer la tocó, Gisela se tensó por un momento, pero luego, siguiendo la fuerza de la otra, volvió a sentarse en la silla de ruedas.
Una vez acomodada, Gisela levantó la vista hacia Nelson y Romina.
Fue entonces que notó que Nelson no le quitaba la mirada de encima. Sus ojos, profundos y oscuros, no mostraban emoción alguna. Romina estaba a su lado, aferrada al brazo de Nelson con confianza y mirando a Gisela con una expresión amable, aunque con ese aire de superioridad que no se podía disimular.
Gisela pensó que, tal vez, todo lo que había pasado en esos días hizo que Romina creyera tener la situación bajo control, y que ella misma ya no representaba ninguna amenaza.
Desvió la mirada, con el semblante tranquilo.
No entendía por qué la mujer a su lado actuaba tan extraño: mientras le apretaba el brazo con fuerza al ayudarla a subir a la silla, le murmuró al oído:
—No vayas a decir nada fuera de lugar.
—Señor, creo que hubo un malentendido. Fue ella quien le tiró agua caliente a mi hijo, y por eso pasó todo esto. Yo no actué con mala intención.
Gisela no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa sarcástica.
Nelson sí que atraía problemas; bastó un encuentro para que esa mujer, antes tan agresiva, se convirtiera en una mansa paloma.
El decano Facundo asintió varias veces:
—Así es, la cosa fue así. El niño se quemó y no paraba de llorar, no había forma de tranquilizarlo. Estábamos hablando sobre cómo compensar el daño, pero esta señorita se negó todo el tiempo, insistiendo en irse y echándole la culpa al niño. Dime tú, ¿qué puede saber un niño de esa edad? Bastante tiene con el susto de la quemadura, y ella aun así seguía con lo mismo. Por eso no nos quedó otra que detenerla.
La mujer, llorando bajito, añadió:
—Así es, señor, somos solo mi hijo y yo, no sabemos cómo manejar algo así. Perdón por hacerle pasar este mal rato.

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