Nelson no dijo nada; se quedó en silencio escuchando toda la conversación, con una expresión tan profunda que nadie lograba descifrar lo que sentía.
Gisela lo observaba directo a los ojos, sin pronunciar palabra.
Al ver que Nelson no mostraba objeciones, el señor Facundo por fin pudo respirar tranquilo.
—Señor Nelson, aquí no es buen lugar para hablar. ¿Podríamos platicar aparte?
Romina, al notar la expresión de Nelson, sintió un vuelco en el corazón y se apresuró a intervenir con voz suave.
—Ella solo es una estudiante de preparatoria. Dígame cuánto se debe pagar de compensación y yo me hago cargo. Pero, por favor, no le hagan pasar un mal rato.
El señor Facundo y la mujer se quedaron pasmados.
El semblante del señor Facundo cambió de inmediato.
—Señor Nelson, señorita Romina, ¿ustedes conocen a esta joven?
En cuanto terminó de hablar, Nelson por fin abrió la boca, su voz grave y segura.
—Gisela.
La miró de arriba abajo.
Tenía el cabello revuelto, la liga apenas sostenía la coleta y un par de mechones le cubrían la cara. El uniforme de hospital, que por la mañana estaba en perfecto estado, ahora lucía torcido y desaliñado; el pantalón tenía una gran mancha de humedad, y justo a su alrededor, el piso estaba empapado y sucio. Un termo roto y con la tapa a medias había quedado tirado sin que nadie lo recogiera.
Por la mañana, Gisela parecía una chica terca y valiente, como un pequeño erizo que no se deja pisotear. Ahora, sin embargo, parecía una gata callejera, perdida y sin fuerzas, tan indefensa que ni siquiera podía buscar algo de comer.
Nelson sintió un malestar que no supo explicar.
Era como si esa mascota que uno cuida en casa, a la que se le permite hacer travesuras y hasta se le regaña para que aprenda, de pronto recibiera un regaño de algún desconocido afuera. No importa qué haya hecho mal la mascota, uno no soporta que alguien ajeno intente darle lecciones.
Ellos no tienen ese derecho.
Gisela permanecía callada.
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