La mujer forzó una sonrisa y abrazó al niño con fuerza, murmurando en voz baja:
—Las cosas, las cosas son como yo dije, no, no estoy mintiendo... Ella fue la que le tiró agua a mi hijo, yo no mentí.
Romina frunció el ceño, mostrando una expresión de resignación. Se giró hacia Nelson.
—¿Nelson?
Nelson respondió con voz grave:
—Gisela, dinos tú.
De inmediato, la mujer apretó los labios y, con lágrimas a punto de brotar, miró a Nelson con aire de víctima:
—Señor Nelson...
—No fui yo.
La voz de Gisela sonó firme y tranquila, cortando de tajo las palabras de la mujer.
El semblante de la mujer se endureció. Giró la cabeza y, aprovechando que Nelson no la veía, le lanzó a Gisela una mirada cargada de rabia.
Nelson asintió, su gesto breve pero contundente:
—Bien.
Ese “bien” tenía muchos matices, y todos en la sala lo percibieron. El rostro de Facundo ya estaba tan pálido que parecía que iba a desvanecerse.
Nelson fue directo:
—Señor Facundo, necesito una explicación.
Facundo se apresuró a responder:
—Señor Nelson, aquí debe haber un malentendido. Mejor aclaremos todo. Yo acabo de llegar, no sé exactamente qué pasó ni qué hicieron ellas.
El color también se esfumó del rostro de la mujer.
Por la manera en que su tío trataba con tanto respeto a Nelson, ella entendió que el problema era grave, tan grave que ni su tío, el director del hospital, podría solucionarlo.
De pronto, su tío la jaló bruscamente hacia él.
Escuchó cómo, sin titubear, su tío la entregaba:


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