Gisela chasqueó la lengua, claramente fastidiada. Xavier se le acercó con el ceño fruncido, mostrando su incomodidad.
—¿Qué te pasa? ¿Esa es la cara que pones? Te voy a llevar al examen y todavía te pones así, ¿no puedes estar contenta?
Gisela alzó el dedo y lo movió de un lado a otro.
—Nada que ver, te lo imaginaste.
Xavier se mantuvo a su lado, pegado, y la miró de reojo, tratando de descifrar su expresión. Al cabo de unos segundos, murmuró resignado:
—Bueno, hoy tienes el examen de ingreso, así que no te voy a hacer pleito.
El día anterior, Gisela ya había visitado la escuela para ubicar el salón a donde debía ir, así que conocía el camino de memoria. Se llevó a Xavier en metro; media hora después ya estaban cerca del plantel.
Aunque llegaron temprano, el metro estaba lleno de estudiantes que, igual que ella, se habían levantado antes del amanecer para presentar el examen. Tras buscar por unos minutos, Gisela por fin dio con un vagón donde había asientos libres.
Se sentó en una banca larga y revisó una vez más el contenido de su estuche, asegurándose de llevar todo lo necesario.
Xavier, con los brazos cruzados y una actitud de “yo soy el jefe aquí”, se sentó a su lado. La miró de reojo y, sin mucho entusiasmo, comentó:
—Ya déjalo, te he visto contar las cosas tres veces y todo está completo.
Gisela no le hizo caso, terminó de revisar y apenas entonces levantó la cabeza.
Xavier giró hacia ella, se acercó y la miró de frente, escudriñando sus ojos oscuros y profundos.
—Gisela, quién lo diría. Siempre tan segura de ti, y ahora resulta que sí te pones nerviosa por el examen de ingreso.
Gisela arrugó la frente, levantó el estuche y le dio un pequeño golpe en la cabeza.
—Aléjate, no te me pegues tanto.
—¡Ayy! —soltó Xavier, tapándose la cabeza con la mano y lanzándole una mirada de reproche—. ¿No puedo preocuparme por ti? Y ya te gustó eso de andar pegando, ¿verdad?
Gisela bufó con aire de superioridad.
—El que debería estar nervioso es tu abuelo, yo para nada.
La experiencia de su vida pasada le había dejado ciertas cicatrices, por eso revisaba todo una y otra vez. Pero en cuanto al examen de ingreso, Gisela estaba más que segura de sí misma.
Xavier soltó una carcajada.
—No lo dudes, mi abuelo seguro está nervioso en este momento.
Gisela le lanzó una mirada de advertencia.
Ya casi al cruzar la puerta, Gisela giró la cabeza.
—Hasta aquí llegas. Yo me voy, regresa a casa.
—Está bien.
De pronto, Xavier le puso la mano en la cabeza y le revolvió el cabello, arruinando el peinado que Gisela había preparado con tanto esmero.
Antes de que Gisela pudiera armar un escándalo, Xavier retiró la mano y, entre risas contenidas, dijo:
—No te enojes. Es para pasarte la buena vibra de los genios. Después de que te toque la cabeza, seguro sacas puro diez.
En cuanto dijo eso, de entre la multitud, varios estudiantes y padres voltearon a verlos. Algunos lo hicieron con asombro y otros con una mezcla de diversión y curiosidad.
Gisela frunció las cejas. Quería contestar con alguna broma pesada, pero recordó que hoy era un día importante y debía mantener la compostura.
Se inclinó y le murmuró:
—Ya vete.
Dicho eso, se dio la vuelta y caminó hacia la entrada. Pero antes de que pudiera avanzar más, Xavier la detuvo tomándola del brazo.

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