Los ojos del señor Tapia se entrecerraron, evaluando cada palabra con ese aire de quien no se deja impresionar fácilmente.
La voz de Gisela retumbó en el salón, decidida y sin titubeos:
—Señor Tapia, lamento decirle que no voy a rendirme. Siempre estaré detrás de Xavier, no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo se casa con otra mujer. Si de verdad lo obliga a casarse con alguien más, no dude que haré todo por impedirlo. No me importa ganarme la fama de ser la manzana de la discordia. Si por mi culpa su familia pierde el prestigio, le pido disculpas desde ya.
La expresión del señor Tapia no cambió.
—Señorita Gisela, no parece usted ese tipo de persona —soltó con calma.
Gisela se encogió de hombros y sonrió, despreocupada:
—Como ya investigó sobre mí, seguro sabe de dónde vengo. Mi familia es de lo más común, hasta hace poco muchos decían que yo nunca lograría nada en la vida, que no pasaría de ser una don nadie. Pero míreme ahora, creo que cumplo con cualquier estándar de éxito moderno, ¿no le parece?
El señor Tapia no tuvo respuesta. Lo que decía Gisela era cierto, y a estas alturas, ella tenía razones de sobra para hablar con esa seguridad.
—Siempre que me propongo algo, no paro hasta conseguirlo —añadió Gisela—. Quiero a Xavier, y no importa cuánto intente usted detenerme, lo voy a lograr.
La mirada del señor Tapia se endureció. La escaneó de arriba abajo, como midiendo sus fuerzas.
—Tienes valor, muchacha, pero solo el valor y lo que has conseguido hasta ahora no te alcanzan para desafiar a la familia Tapia.
En ese momento, una voz grave y ronca irrumpió de pronto:
—¿Y si me sumo yo a ella?
Gisela sintió cómo Xavier le apretaba la mano con fuerza, casi temblando. De repente, él se giró completamente hacia ella, mirándola de frente.
¿Acaso estaba viendo bien? ¿Los ojos de Xavier brillaban de emoción? Parecía tan impactado que ni parpadeaba. Gisela dirigió la mirada a las orejas de Xavier, solo para confirmar que estaban rojas como tomates.
—Gisela, nunca imaginé que sintieras algo así por mí —dijo Xavier, tragando saliva.
Gisela abrió la boca, pero la cerró de inmediato. En el ángulo donde el señor Tapia no podía verla, sus ojos se llenaron de confusión. ¿Xavier estaba actuando o hablaba en serio?
La voz de Xavier salió rasposa, como si le costara pronunciar cada palabra:
—Gisela, escúchame. No tienes que hacer esto… Yo… también siento algo por ti.
Con el señor Tapia aún presente, Gisela solo pudo seguirle el juego, aunque la sonrisa se le congeló un poco en el rostro.
—¿De qué hablas?
Xavier se mordió los labios, tragó en seco y continuó:
—Gisela, te lo prometo, vamos a estar juntos. No pienso tener a otra novia, solo te quiero a ti.
—¿¡Qué!? —exclamó Gisela, incapaz de ocultar la sorpresa.
—¿¡Cómo!? —resonó también el señor Tapia, visiblemente desconcertado.
Gisela, desesperada, intentó mandarle señales con la mirada, pero siguió el teatro:
—Xavier, no tienes que hacerlo. Piénsalo bien, no quiero que te precipites…
—Estoy seguro, no estoy actuando por impulso —le respondió Xavier, apretando aún más su mano, casi aplastándole los dedos. La miraba tan fijamente y respiraba tan rápido, que Gisela sintió que no tenía escapatoria. Él se fue acercando poco a poco, bajando la cabeza, como si fuera a…
—¡Ay, no! —pensó ella, con la piel erizada—. ¿De verdad va a besarme delante de su abuelo?
Al ver la cara del señor Tapia, Gisela cambió de inmediato de actitud y se lanzó al melodrama:
—¿De verdad? ¿De verdad lo dices en serio?

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