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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 460

Gisela no dejó ni rastro de los tamales de camarón ni de las alitas en salsa picante que había en la mesa. Se limpió la boca, se puso de nuevo el labial rojo brillante y soltó un suspiro.

—Ya terminé de comer, ahora sí me tengo que ir a la oficina.

Xavier le pasó una servilleta y soltó una risita burlona.

—Pero si hoy no es fin de semana. ¿Qué tanto tienes que hacer en la empresa?

Gisela hizo una mueca y se masajeó los hombros.

—¿Qué otra cosa podría ser? El juego acaba de salir y seguro ya salió otro bug.

Mientras hablaba, sus ojos no se apartaban de Xavier, analizándolo como si intentara adivinar si él ya sabía lo que estaba por pedirle.

Xavier soltó una carcajada.

—¿A poco hay un bug que la ingeniera Gisela no ha encontrado? Ese sí debe estar bueno.

Gisela lo fulminó con la mirada.

—Ya sabes a lo que voy.

Xavier aplaudió y negó con la cabeza, fingiendo resignación.

—Trabajando para la señorita Gisela, si ella me pide ayuda, ¿qué otra me queda? Solo puedo decir que sí, ¿o qué más?

Sin pensarlo dos veces, Gisela rodeó la mesa, le echó el brazo al cuello y lo jaló hacia la puerta.

—Deja de hablar tanto y regresa a programar. Si no, la señorita Gisela no te paga.

Aunque Xavier le llevaba una cabeza de diferencia, terminó encorvado por el tirón de Gisela, saliendo de la cafetería en una postura tan rara que varios clientes se quedaron viéndolos.

—Pero oye, yo también soy socio. Aunque sea minoritario, no necesitas pagarme, ¿o sí?

Gisela le dio un manotazo en el brazo.

—Ya estuvo, ponte a trabajar.

Xavier, con las orejas rojas y los dientes apretados, le contestó:

—Está bien, ya entendí, pero suéltame primero, ¿sí? ¿No sabes que así no voy a encontrar pareja nunca?

—¿Todavía quieres encontrar pareja?

Gisela soltó una risa burlona y abrió la puerta del copiloto, empujándolo dentro.

—Mejor piensa cómo le vas a hacer para lidiar con tu abuelo.

Se fue al otro lado del carro y se subió al asiento del conductor.

Mientras se abrochaba el cinturón, Xavier se acomodó, apoyando el codo en la consola central, la mano en la mejilla y una sonrisa traviesa en los labios. La miró fijamente con una chispa de picardía.

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