Justo cuando Xavier se disponía a entrar a la habitación, Romina regresó de repente, cerrando la puerta apresuradamente antes de que él pudiera pasar. Caminó decidida hacia Gisela, quien la observaba con una calma casi insolente, como si nada la perturbara.
—Gisela, dime de una vez, ¿qué está pasando aquí? —la voz de Romina sonó tensa, casi cortante.
Gisela la miró con una expresión tranquila, como si en verdad estuviera preocupada por ella.
—¿Estás muy nerviosa? —preguntó, fingiendo interés.
Romina apretó los dientes, bajó la voz y soltó:
—Gisela, no te hagas, tú sabes algo. Sabes perfectamente que esta vez yo no puse nada.
La voz de Gisela fue apenas un susurro, pero cada palabra caía como una losa:
—Sí, lo sé, sé que no fuiste tú.
El rostro de Romina cambió de inmediato, la sorpresa y el temor se mezclaron en su mirada.
—¡Lo sabía! ¡Tú me tendiste una trampa, verdad? ¡Tú...!
—Pero Nelson ya sospecha de ti —la interrumpió Gisela, acercándose un poco más y clavando la vista en sus ojos.
Romina sintió un escalofrío. Sus pupilas temblaron.
—Eso no es posible. Nelson confía en mí.
Gisela arqueó una ceja y le dedicó una sonrisa compasiva, cargada de lástima.
—Si de verdad confiara en ti, ¿por qué no se atrevió a seguir investigando? —preguntó con suavidad.
Romina apretó más los labios, conteniendo la rabia.
—Tú y yo sabemos por qué. Nelson teme que si sigue indagando, termine descubriendo algo sobre ti. Por eso prefirió dejar todo así —la voz de Gisela era tan ligera que parecía flotar en el aire.
—Eso no es cierto —replicó Romina, tratando de sonar segura, aunque su voz temblaba.
—Eso no me preocupa —respondió Gisela, con una sonrisa serena—. Romina, yo solo quería que probaras lo que se siente ser la sospechosa.
Romina la fulminó con la mirada.
—Eso es todo lo que quiero —insistió Gisela.
—¿Te acuerdas? Hace cinco años, cuando todavía vivía en la mansión Tovar, tú me acusaste falsamente. Me quedé sin palabras, todos me miraban con desprecio, incluso Nelson.
Gisela hizo una pausa, su sonrisa se volvió más amplia.
—Felicidades, ahora tú también sabes lo amargo que es ser la sospechosa. Dime, ¿no es desagradable?
El temblor en el rostro de Romina delataba el esfuerzo por mantener la compostura. Sus músculos se tensaron, la rabia la desbordaba.
—Gisela, esto no se va a quedar así. Te lo juro, no pienso perdonarte jamás.
—Espero con ansias ese momento —respondió Gisela, con una tranquilidad escalofriante.

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