Hernán levantó la cabeza como un pavo real presuntuoso, con esa actitud de “sabía que no te atrevías”, y soltó un bufido desdeñoso:
—Gisela es una cobarde.
En cuanto lo dijo, Adrián, que ya empezaba a relajarse, volvió a tensarse, con el corazón en un puño.
Por suerte, al ver que Gisela no cambiaba de expresión ante las palabras de Hernán, Adrián por fin pudo respirar tranquilo.
—Señorita Gisela, muchas gracias por su paciencia. Ahora mismo voy a pedir que un chofer la lleve de regreso. Además, enviaremos a alguien para ofrecerle una disculpa formal en su casa. ¿Le parece bien?
—Como quieran —respondió Gisela, sin darle vueltas.
Esa disposición tan relajada alivió de inmediato a todos los presentes; hasta los empleados soltaron el aire contenido. Adrián hizo una señal para que los trabajadores entraran.
Gisela giró la cabeza hacia Nelson.
—¿Ya me puedes soltar?
Nelson la miró directo a los ojos antes de aflojar lentamente la mano.
La tensión entre ellos, que había estado a punto de explotar, se disipó en el aire.
Adrián dibujó una sonrisa y extendió la mano hacia la puerta.
—Señorita Gisela, por aquí, por favor. Su secretaria ya está cambiándose de ropa, nuestros compañeros la están ayudando. Si me permite, la guío.
Gisela asintió y dio un paso para irse.
Adrián ya iba de espaldas abriéndole el camino cuando, de repente, Gisela se volvió con una rapidez inesperada, levantó el pie y tumbó a Hernán de una patada, directo en la cara.
Hernán se llevó la mano a la mejilla, donde la herida aún ardía.
Zacarias Jiménez bufó y se dio media vuelta para volver al interior de la casa, con Beatriz siguiéndolo, siempre con su sonrisa fingida.
Bajé la mirada.
Qué absurdo: regresar a la casa donde crecí y darme cuenta de que ahora necesito el permiso de Renata Jiménez y Beatriz para entrar.
Renata, aferrada al brazo de Sebastián, empezó a hacerle pucheros:
—Sebastián, ¿podemos esperar a mi hermana?
Sebastián la miró de reojo, le revolvió el cabello con dulzura y le dedicó una mirada llena de afecto.
—Claro, tranquila.
Ignoré la hostilidad y el rechazo en los ojos de Daniela, y fui acercándome hasta quedar frente a Sebastián, mirándolo fijamente.
Lo escuché decir:
—Por lo menos, sí sabes cómo comportarte.
La planta baja era donde dormían las empleadas y el personal de servicio. Arriba estaban los cuartos para la familia y los invitados.
Su intención era clara, Beatriz tenía la sonrisa de una santa y el corazón de una fiera.
Sonreí con calma.
—No se preocupe, señora. Prefiero quedarme en mi antiguo cuarto.
Todos se quedaron mudos por un instante. Beatriz forzó una expresión de culpa.
—Lo siento, Romina, pero ahora Renata ocupa ese cuarto.
Puse cara de sorpresa, y después fingí una sonrisa amarga, bajando la mirada.
—¿De verdad? Pero ese era mi cuarto.
Renata se puso nerviosa y murmuró:
—Perdón, hermana. Si quieres, me puedo mudar ahora mismo.
Hizo el amago de levantarse.
Pero Zacarias no iba a dejar que su hija pasara por eso. Frunció el ceño y me lanzó una mirada dura.
—Ya basta, solo es un cuarto. ¿Qué tiene de malo dárselo a Renata? ¿No has aprendido nada todos estos años? En unos días estará listo el cuarto de arriba, mientras tanto te quedas abajo. Ya no hay nada más que hablar.

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