—¿Por ejemplo? —preguntó Delia, cruzándose de brazos.
—Sacar al enemigo de su escondite —respondió Gisela con una mirada aguda—. Eso es lo que haremos.
—¿Ya tienes una idea? —insistió Delia.
—Para ser precisa, es Xavier quien ya tiene una dirección —Gisela giró hacia él y le sonrió de medio lado—. Voy a intentar atraparlo. Por ahora, tú no necesitas investigar más.
Dejó el celular a un lado. Xavier chasqueó la lengua varias veces y, presumiendo, se cruzó de brazos:
—¿Qué tal? ¿A poco no saliste ganando este mes que trabajé para ti?
Gisela soltó una risita apenas perceptible, sin emoción:
—Si lo cambié por mi reputación, claro que te salió de lujo.
Desde que Gisela aceptó fingir ser la novia de Xavier, todo se había complicado de manera inesperada.
No solo la familia Tapia se involucró, también en la empresa comenzaron a circular rumores.
Xavier, captando la indirecta, arrugó la frente:
—A ver, por lo que dices, ¿te molesta esto o qué?
Gisela arqueó una ceja, sin decir nada.
El gesto de Xavier se agrió, visiblemente incómodo:
—¿Ahora resulta que hasta te atreves a despreciarme?
Gisela intentó mantener el rostro serio, pero terminó soltando la risa:
—¿En qué momento me atrevería?
Aun así, él giró la cabeza con un bufido:
—Eso pensé, ni te atrevas.
Gisela apenas pudo contener una nueva carcajada.
En ese momento, tomó el teléfono interno de la compañía y pidió a la secretaria que entrara.
Gisela tenía a cargo todo un equipo de seis secretarias; Jimena era la jefa del grupo y solía encargarse de la mayor parte de sus asuntos. Pero desde el incidente con Hernán, Gisela le dio unos días de descanso, así que el resto del equipo se turnaba las tareas.
Le entregó un expediente a la secretaria que entró:
—Por favor, imprime esto y publícalo en la página interna de la empresa.
La secretaria asintió, hojeó el documento y su expresión cambió sutilmente.
—Srta. Gisela, ¿ya no seguiremos con el proyecto Coneja Rosita?
—Así es, se suspende. Hoy mismo hay que notificarlo. El equipo se disuelve y que los empleados pasen a otras actividades. Ya no vamos a seguir con Coneja Rosita.
La secretaria vaciló, pero terminó por asentir:
—Entiendo, lo haré.
Cuando la secretaria salió, Xavier preguntó desde el otro lado del escritorio:
—¿Apostamos cuánto tardan en reaccionar?



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