Al notar que la niña la miraba cada vez con más desagrado, Gisela se apresuró a justificarse:
—No, no es lo que piensas, lo que quise decir es que...
—Señorita.
Una voz grave, algo áspera, sonó a su espalda.
Gisela se giró y vio a Pedro, con el rostro serio y la mirada dura. Sus labios formaban una línea tensa y se notaba que su humor no era el mejor.
Pedro la miró con intensidad y soltó, sin rodeos:
—¿La señorita vive junto al mar?
Al instante, Gisela entendió la indirecta. Resignada, respondió:
—Perdón, solo fue una pregunta al aire, no quería meterme donde no me llaman.
La niña de inmediato se bajó del sofá y corrió hacia Pedro, abrazándolo.
—Papá, ¿cuándo nos vamos a casa?
Ante la dulzura de su hija, la voz de Pedro se suavizó:
—Espera un ratito más, ¿sí, mi niña?
Padre e hija siguieron platicando, ignorando por completo la presencia de Gisela.
Sabiendo que ya había provocado el rechazo de ambos, Gisela se alejó en silencio.
...
La fiesta de esa noche resultó insoportablemente aburrida. Durante la primera parte, Gisela se dedicó a platicar con algunos invitados, pero al final terminó acurrucada sola en una esquina, sumida en sus pensamientos.
Mientras se perdía en su propio mundo, una voz infantil la sacó de su ensimismamiento:
—Señora, mi papá y yo ya nos vamos a casa.
Era la hija de Pedro.
Gisela volvió en sí de inmediato.
—Ah, bueno, entonces cuídate mucho. Nos vemos.
La niña la miró sin expresión, pero luego se acercó un poco más.
—No me dijiste cómo te llamas.
La seriedad de la niña le provocó una sonrisa a Gisela, que apenas pudo contener la risa.
Sacó una tarjeta de presentación del bolsillo y se la tendió, pero antes de entregarla, la retiró.
—Oye, pero tampoco tú me dijiste tu nombre.
La niña, un poco molesta, frunció los labios.
—Fuiste tú quien no me preguntó.
Luego, elevó la voz con orgullo:
—Me llamo Katia Nieves. No se te olvide.
Gisela, divertida, le entregó la tarjeta.
—Nos vemos, Katia.
Katia agitó la tarjeta y le dijo adiós con la mano.
...
Al llegar a la entrada del salón, Gisela esperó en la puerta a que el chofer trajera el carro.
Bajó la mirada para ver su celular y contestar algunos mensajes.
—¡Pum!
De repente, sintió un golpe en la parte trasera de la pierna y soltó un quejido bajo.
—¡Ja, ja, ja!
Una carcajada infantil estalló detrás de ella.
Gisela frunció el ceño y giró para ver quién era.
Era Thiago, vestido con un elegante traje pequeño, y en la mano traía un palo tan grueso como su muñeca. Su cara rebosaba satisfacción y travesura.
Gisela chasqueó la lengua.
Thiago le sacó la lengua, con descaro.
—Eres una pesada.
Gisela entrecerró los ojos y avanzó hacia Thiago, sin quitarle la vista de encima.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza