El chico que iba con ella la sujetó del brazo, el rostro descompuesto entre sorpresa y enojo.
—¿Vas a ir sola a que te maten?
Gisela lo miró de reojo, su expresión se endureció.
—Sé bien lo que hago, no tienes por qué meterte.
La firmeza de Gisela desconcertó al chico, que a pesar de medir más de uno ochenta, se quedó atónito frente a esa muchacha delgada que, de repente, parecía inquebrantable. Se le quedó viendo, completamente perplejo.
Sin decir más, Gisela se dio media vuelta y se marchó.
En su vida pasada, Gisela casi no había tratado con los parientes lejanos de la familia Tovar y tampoco conocía mucho sobre los antros cercanos. Apenas recordaba que el fundador de uno de esos lugares tenía algún tipo de relación con Nelson, y por eso el sitio se había vuelto famoso por la zona, lleno de tipos prepotentes que hacían lo que querían, intimidando a cualquiera y metiéndose en problemas constantemente.
Gisela no tenía detalles claros, pero le parecía recordar que ese antro había crecido bastante, llegando incluso a abrir varias sucursales. Eso solo podía indicar que el fundador tenía lazos muy estrechos con la familia Tovar, lo cual también significaba que lo que iba a hacer sería aún más complicado.
El antro no estaba lejos de su departamento; apenas tendría que caminar unos cientos de metros. El nombre del lugar era una serie de letras en inglés que Gisela ni se molestó en leer. Apenas puso un pie cerca de la entrada, las luces de neón le lastimaron los ojos y la música retumbaba tan fuerte que parecía que el suelo temblaba.
Seguía llevando el uniforme azul y blanco de la escuela, parada frente al antro, totalmente fuera de lugar.
Gisela dudó unos segundos, pero al final decidió entrar tal cual, sin cambiarse.
Como era de esperarse, el guardia de la puerta la detuvo en seco. Aunque su voz sonaba desagradable, la forma en la que la miraba era aún peor, inspeccionándola descaradamente de pies a cabeza.
—Oye, ¿sí sabes a dónde vienes?
Gisela se aferró a su camisa y se acercó al guardia con una mezcla de timidez y coquetería, parpadeando y mirándolo como si no supiera nada.
—Un compañero me contó que aquí viene gente con mucho dinero... Quiero ganar algo.
El guardia la observó bajo la luz de los reflectores y su mirada fue cambiando poco a poco. Frente a él había una chica de figura delgada, bien proporcionada, con el uniforme que apenas alcanzaba a cubrirle las muñecas y los tobillos, ya que probablemente el uniforme lo tenía desde hace varios años y ahora le quedaba corto, dejando ver la piel clara y suave de sus piernas.
Y ese rostro, aún infantil, sin maquillaje, redondeado por un poco de “cachetito” juvenil, unos ojos grandes y brillantes, nariz pequeña y bien formada, labios carnosos y rosados... daba la sensación de querer acercarse y probar un beso.
Y lo más importante: seguía llevando el uniforme escolar.
El guardia sonrió mostrando los dientes amarillos y llenos de sarro, mientras le apretaba la mandíbula con la mano.
—¿Tantas preguntas? Si quieres respuestas, tendrás que darme algo a cambio.
Gisela por dentro hervía de desesperación; lo único que quería era entrar corriendo. Pero con tantos salones privados, no tenía ni idea de en cuál habían metido a Delia. Tenía que sonsacarle información al guardia; era su única opción.
Se acercó más, sujetó la muñeca del guardia y, con los ojos vidriosos, le suplicó:
—Señor, por favor, déjeme pasar.
—Tengo una amiga que entró con el uniforme igual que yo, la metieron a uno de los salones porque ahí hay mucha gente con dinero.
—Si logro quedarme con alguno de ellos, no se va a arrepentir; yo sabré cómo agradecerle.
El guardia arqueó una ceja y soltó una carcajada burlona; de pronto, le dio una palmada en la parte trasera a Gisela.
—Vaya, sí que sabes escoger. Justamente metieron a una estudiante igualita que tú. Ese salón está lleno de jefes con mucha lana, pero la muchachita ni sabe lo que vale, hasta se puso a llorar y a gritar que no quería estar ahí.

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