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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 92

El guardia de seguridad soltó una risa burlona.

—Ya viniste a este tipo de lugares, ¿para qué sigues fingiendo?

Miró a Gisela de arriba abajo y luego le lanzó otra indirecta.

—Al menos tú sí tienes ganas de… progresar.

Por un instante, el semblante de Gisela se endureció. Sus labios se curvaron hacia abajo y sus ojos se tornaron tan cortantes como un cuchillo al mirar al guardia. Pero él ni siquiera se dio cuenta, sólo se echó hacia atrás y soltó otra carcajada.

—Déjame preguntarle al gerente, a ver si puede dejarte pasar.

En cuanto el gerente escuchó que una chica de preparatoria quería entrar, se le iluminó la cara de emoción. No tardó ni cinco minutos en salir para llevar a Gisela hacia adentro.

Gisela no notó que, desde un rincón oscuro del antro, un hombre vestido con un traje negro la observaba fijamente. Primero miró la escena entre ella y el guardia, luego vio cómo el gerente la llevaba, sonriente, directo a uno de los privados. Sus ojos pasaron de la sorpresa al miedo.

—¡No puede ser…! ¿Es la señorita Gisela?

El hombre se asustó tanto que casi dejó caer su vaso de whisky.

—Ya valió… Ahora sí, el señor Nelson va a explotar.

Dejó el vaso a medias en la barra y, con pasos apresurados y torpes, se fue hacia el fondo del club, directo al privado más apartado.

—¡Por favor, que mis patas me respondan! ¡Muévete, muévete! Si no llego rápido, esto va a acabar muy mal…

Gisela fue conducida al privado, fingiendo timidez mientras seguía al gerente. Se detuvo frente a un sofá, con la cabeza baja y las manos apretando nerviosa la orilla de su camisa.

El gerente se puso a presumir:

—Señores, aquí les traigo a la nueva jovencita. Está en la prepa, les juro que es nuevecita. ¿Qué les parece? ¿Les gusta?

Y, sin más, la jaló del brazo para que todos pudieran verla.

Las miradas de los hombres sentados en el sofá se pegaron a ella, llenas de insinuaciones y descaro. Al notar el uniforme escolar de Gisela, varios de ellos se relamieron, sus ojos se volvieron aún más lascivos.

Había varios hombres y también algunas mujeres en el privado. Todas las mujeres iban vestidas con ropa diminuta; algunas sentadas sobre las piernas de los hombres, otras arrodilladas junto a sus pies, buscando complacerlos de todas las maneras posibles.

Gisela echó un vistazo alrededor y, en una esquina, notó a una chica también con uniforme escolar. Estaba en brazos de un hombre delgado, y la mano del tipo ya se había colado por debajo de la blusa de la joven, acariciando su cintura.

La luz era tenue, y la cara de la chica estaba medio escondida contra el pecho del tipo, así que era difícil distinguirla. Pero Gisela no tuvo ninguna duda. Esa tenía que ser Delia.

Entonces, escuchó un sollozo.

—¡Suéltame! ¡Suéltame!

Joaquín tenía un aspecto atractivo, pero su mirada y su sonrisa dejaban ver una arrogancia y un descaro que daban asco.

Le lanzó a Gisela una mirada rápida, sin mucho interés, y después le dio una palmada a Delia en la cadera.

—Ya cálmate, ¿sí? Si sigues con tus gritos, aquí mismo te hago mía.

Gisela apretó los puños con tanta fuerza que le temblaban los brazos.

En su vida pasada, Joaquín había sido la herramienta perfecta de Romina, el encargado de hacer el trabajo sucio por ella. Muchas de las injusticias que sufrió Gisela venían directamente de las manos de ese hombre.

Lo odiaba con todo su ser, hasta los huesos.

Muchas veces, la policía estuvo a punto de destapar las porquerías de Joaquín, pero siempre, misteriosamente, el caso se cerraba.

El responsable de callar todo, por supuesto, era Nelson.

Por Romina, Nelson era capaz de cualquier cosa.

Sin embargo, en esta vida, Joaquín sólo sabía que había alguien especial cerca de Nelson, pero todavía no había visto a Gisela en persona.

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