Afuera, de repente, estalló un ruido caótico y ensordecedor.
Luego se escuchó cómo alguien pateaba la puerta desde afuera. Aquellos sonidos, cada vez más fuertes, retumbaban en los oídos de Gisela, haciéndole vibrar el tímpano.
Dentro de su cabeza solo había un zumbido constante. Con la cabeza echada hacia atrás, abrió la boca para dejar que el alcohol le quemara la garganta.
—¿Todavía quieres seguir bebiendo?
Una voz potente la sacudió y, al instante, alguien le tumbó el vaso de la mano. El vaso cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, el licor se derramó sobre la alfombra, esparciéndose rápidamente.
Gisela alzó la vista, un poco aturdida.
Era Delia.
No supo en qué momento había llegado, pero Delia había entrado con todo su grupo de hermanos y amigos, armados con palos y cuchillos de todos los tamaños. Incluso lograron intimidar a los guardaespaldas del asistente especial.
Delia la tomó del brazo, jalándola con fuerza.
—¿Qué esperas? ¡Vámonos ya!
Gisela, todavía mareada, fue arrastrada por Delia; cruzaron la multitud a empujones y salieron disparadas del antro.
Detrás de ellas, se oían los gritos de júbilo de los que venían con Delia, mezclados con insultos y exclamaciones de asombro de los demás asistentes.
El viento helado de la noche golpeó las mejillas de Gisela, bajándole la temperatura de golpe. El correr solo empeoraba la náusea que le revolvía el estómago.
Trató de soltarse del agarre de Delia y se agachó junto a un basurero, donde acabó vomitando todo lo que llevaba dentro.
Gisela se arqueó tanto que parecía que iba a vaciar el estómago por completo.
De repente, Delia se acercó apresurada.
—¿Por qué hay sangre?
—¿Te está sangrando el estómago?
Gisela, agotada, negó con la cabeza.
—No lo sé...
Delia la tomó de la mano, sin darle opción.
—Ven, te llevo al hospital.
Jalándola con fuerza, Delia la obligó a ponerse de pie. En cuanto Gisela intentó incorporarse, todo se le puso blanco y perdió el conocimiento.
...
Cuando volvió en sí, ya estaba en una cama de hospital.
La voz de Delia resonó, todavía medio apagada por el cansancio.
—¿Ya despertaste?
Delia vaciló un momento, como si tuviera algo que no se atrevía a decir.
—Gisela, hay algo que quiero preguntarte...
Para sorpresa de Gisela, en el rostro de Delia se notaba una mezcla de nervios y vergüenza.
Ella se enderezó, poniéndose seria.
—Dime, ¿qué pasa?
Los ojos de Delia brillaron, y se inclinó hacia ella como si fueran cómplices compartiendo un secreto.
—¿Tú y Nelson... qué relación tienen?
Gisela no esperaba esa pregunta. La mirada se le detuvo, fría, un segundo.
Por un instante, sintió que le sonaban todas las alarmas en la cabeza, ni siquiera tuvo tiempo de maldecir a Nelson por lo que había hecho la noche anterior.
Se obligó a mantener la calma.
—¿Por qué preguntas eso? ¿Qué te dijeron?
Delia parecía aún más incómoda.
—Es que he escuchado algunas cosas... y me dio curiosidad.

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